4 de abril de 2016

Víctor González y el Microrrelato


Víctor Manuel González Treviño (Reynosa, 1973–2016). Periodista, gestor cultural, reportero de “El Mañana” de Reynosa. Asistió a los talleres del maestro Orlando Ortiz. Coordinó el taller literario Lomas de San Antonio. Organizó el Encuentro de Escritores PreTextos de Otoño desde el 2010 y coordinó presentaciones editoriales con Letras en Movimiento. Obtuvo el segundo lugar en el Certamen Literario Cuento Navideño (2008) convocado por el Instituto Reynosense para la Cultura y las Artes. Coordinó la antología de escritores reynosenses Voces literarias de la frontera (2011) con el apoyo económico de Fundación Colosio. Incluido en las antologías Río Bravo/ Río Grande (ALJA Ediciones, 2011), Antología otoñal (Editorial Campamocha, 2011), Brevedad urbana Antología de microrrelato en la ciudad (ALJA Ediciones, 2012) y 100 Mil Poetas por el Cambio (ALJA Ediciones, 2015). 



EL ESCRIBANO

Se sentó a escribir la novela más larga de su vida. Papel, lápiz y la máquina. En los primeros teclazos, un dolor de pecho terminó con su novela. 



TERROR NOCTURNO

La pesadilla no termina al despertar: se descuelga de los párpados y repta por las paredes hasta encontrar una fisura y —agazapada— aguarda la noche que se aproxima.



EL CRUCERO

El semáforo cambió del rojo al verde y no avanzó, a pesar de la oleada de cláxones que rompió el silencio de su muerte.



LOS TESTIGOS

Los tacones soportaron todo el peso de la pasión. Dejaban huella de la belleza de Melisa en cada paso. Tal vez por eso, ese día trágico no la acompañaron a la morgue a identificar su propio cadáver.



LA CONVENCIÓN

Llegó tarde a la convención de cigarros, pero no se inmutó por la tardanza. Ya varios ardían en la penumbra. Su preocupación fue cuando sintió los labios en su piel. El fin de su vida era una certeza.



EL VUELO

Es un día de tantos que despierta con el rumor de los automóviles. Los pájaros ahora anidan sobre el intestino eléctrico de las ciudades. Su canto ya no despierta a sus moradores que caminan, indiferentes, hacia el drama del pájaro. Él lo sabe y desde el quinto piso de su departamento abre la ventana. Abre sus brazos. Cree tener la sensación de los pájaros al volar. Siente la brisa. Siente el vacío que lo devora. Es un pájaro menos en la ciudad.



EL PLOMERO

La gota no caía en el lavabo. Se filtraba en el epicentro de mi cabeza. Un sonido sordo que retumbaba en las paredes de la habitación. Mañana llamo al plomero, pensé, mientras intentaba dormir. El goteo me obligó a desenrollarme de las sábanas. Fui directo al baño para terminar con la molesta sinfonía. Lo dicho. La gota no caía en el lavabo. Revisé la regadera, la bomba del inodoro y nada. Regresé a la cama con más preguntas que soluciones y cerré los ojos y otra vez el goteo. Tres noches seguidas. Un amigo me recomendó a un especialista en cosas de la cabeza. Lo visité, no muy convencido. Me revisó los oídos, los ojos. Me tomó una radiografía del cráneo.

—Lo encontré —dijo al analizarla.

El doctor explicó que era un sonido que producía el yunque en el pabellón auricular y que lo padece uno entre un millón. Me implantó un delgado tubo de metal en el oído derecho para vaciarme unas gotas que me hicieron sentir escalofríos.

—Listo. Con eso tiene.

Lo que me dio más escalofrío fue la cuenta de casi tres mil pesos por unas simples gotitas de un líquido desconocido para mí. Lo peor es que la gota se repetía todavía en mi cabeza.

Una noche escuchaba doble goteo: el de mi cabeza y, ahora sí, el del lavabo. Llamé al plomero que de inmediato llegó y arregló el goteo de mi baño. Ya cuando se retiraba se me quedó viendo.

—Qué le pasa, Jefe, se mira muy mal —preguntó.

—Tengo mucho que no duermo porque escucho un goteo dentro de mi cabeza —contesté.

—A ver. Póngase de cabeza —dijo.

Más dormido que despierto, accedí. Sentí la acción de la gravedad en mi cuerpo. De mis oídos salió un líquido y el sonido desapareció. Cuando me incorporé ya no existía goteo. El plomero se despidió y me fui a la cama para recuperar las noches de insomnio. Antes de cerrar los párpados, juré llamar al plomero cuando escuchara un goteo, ya sea en el baño o en mi cabeza.



De Brevedad urbana Antología de microrrelato en la ciudad (ALJA Ediciones, 2012)