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9 de febrero de 2014

Reflexiones sobre Transmutación (ALJA, 2013)



(Imagen: Carlos Santibáñez Andonegui, Ramiro Rodríguez)


Ramiro Rodríguez, Transmutación, Poesía, imagen de portada Damián González, ALJA Ediciones, México, 2013. Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui.


¿Quién va a quedar en pie cuando aparezca?
(Malaquías 3, 1-4)

“Somos mentalmente permanentes”, reconocía Emily Dickinson: daba luz verde a la trascendencia sobre la inmanencia. No todo acaba aquí. “Nunca se puede decir de nosotros: está concluido”. ¿Sino pendiente? Dice Ramiro Rodríguez: “Depositamos semillas en páginas blancas con esperanza/ de cosechar frutos dulces”. Para el poeta que hoy nos ocupa, la Transmutación tiene lugar en lo que Nervo llamaba “el segundo hemisferio de la vida”, el sueño. El sueño es opulencia. De ahí el nombre de la primera sección del poemario: “Mares de opulencia”. En el sueño, uno se siente a sus anchas: “Somos peces desnudos en mares de opulencia”. En el sueño, se le habla al mundo con lengua propia. Y el mensajeo entre el ser y la nada empieza a transmutar…

Antes de entrar en él, hay casi siempre un crepúsculo en que el día rinde sus frutos: “prolongación de la sangre en la memoria al ahogarse el sol que anuncia el otoño”. Va el poeta, por su cuota de gloria, a descubrir qué ocurre en el sueño: “El universo se rejuvenece en labios de leyenda,/ se dispersa sobre la tierra adonde llegan —para morir— los dioses”.


SOLDADOS EN ESPERA DE LA ORDEN

El sueño atrapa, establece su lógica, su electricidad: “Hay líneas verticales en los senos de la tierra,/ signos que unen extremos para formar grafías dispersas,/ soldados en espera de la orden”.

¿Y detrás de esa orden, qué hay? Amor, infinito amor que nos ha creado y entiende de huesos, para él su dureza es sólo aparente. Ramiro es de los poetas que si tuviera que definir la existencia lo haría de esta manera: “Somos amor constante que ablanda los huesos”. Hemos bajado a la tierra por mandato único, y como Ulises, somos guerreros que piensan su estrategia. 

Una mujer, la musa se presenta entonces cual “mensajera del verbo”. Otra mujer, la madre, es “bendición verbal para el cuerpo”. Nuestra palabra es bien intencionada, se parece a la miel que atrapa a los insectos. Es aquí que el creador entra en la legítima miel de la fábula:

“Nuestros mejores críticos son los insectos… que dicen mucho sin pronunciar palabras…// Si arriesgan sus alas/ permaneciendo cerca de palabras/ es porque hay néctar generoso que colma la sed,/ bálsamo irrepetible que concede el privilegio de la vida… Si se alejan… es porque el terreno es árido,/ porque no hay promesa de concesión de frutos”. Y concluye: “Debemos los hombres darle credibilidad a la función/ sensorial de los insectos”. 

La ficción poética trae asumido el legado del arte abstracto, pero sin la exageración que dio lugar al agotamiento de las vanguardias. Acotemos esto poéticamente: la vanguardia se agotó en su búsqueda hace mucho tiempo. Lo que Ramiro trata es de llegar a un punto conciliador, que tanta falta hace, entre el aporte indiscutible de la vanguardia que fue la novedad, la originalidad, y la demanda de los actuales públicos de poesía.

Entramos así a la segunda sección: “Espejos”, propuesta llena de rumbos interiores. Al desnudarse frente al espejo, el erotismo invade con fuerza: 

“Es el momento de pensarte desnuda,/ con tus senos de porcelana al viento, como en aquellas/ noches de Cancún: mi pene se endurece —sin objeciones—/ al recordar tus labios”.

“Los dioses que nos contemplan celebran actos como éste/ para no olvidarse de sus nombres de barro…”


QUÉ SON LAS PALABRAS

¿Y las palabras, qué son las palabras? “Hendiduras en viento húmedo con precisión de flechas”. La poesía es el libre juego de la imaginación dentro de ellas, “que desenfundan su espada de aire… desatan la charla con la sombra y le hurtan las alas al sueño”. 

Existe en Ramiro Rodríguez una interesante condición trashumante. Conoce y ha incursionado en la forma de ser y de pensar de dos países: México y Estados Unidos. Esto ha contribuido a su posibilidad de intentar con éxito uno de los números más codiciados en poesía, por lo escaso: el equilibrio.

Nació en Nuevo Laredo, (1966) es Licenciado en Lengua y Literatura Españolas y Maestro en Letras Hispánicas. Escribe poesía, cuento y ensayo. Es grato saber que existe en nuestro medio, quien entiende la lucha de los mexicanos en sus hondos abismos y contrastes, lo mismo que la lucha de los estamentos sociales de la América del Norte. Porque vive aquí y allá, y en los dos lados lo hace bien. Esto entre otras cosas ha facilitado su condición de editor. Las ganas de saber, en él se compaginan con las ganas de ayudar a quien se deje ayudar. Coordina desde 2002 el Congreso Binacional “Letras en el Estuario”. Hemos leído colaboraciones suyas en el periódico El Bravo de Matamoros, en la Revista Fronteras de CONACULTA y en la Revista de la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Hace poco se sometió a la tortuosa experiencia de ser mi alumno en un curso de poesía intensiva. Yo sabía que estaba frente a un miembro del consejo editorial de la revista literaria Novosantanderino, quien había ya obtenido ya el Premio Estatal de Poesía Tamaulipas y el Premio Estatal de Poesía “Altaír Tejeda de Tamez” en 2008. Mas eso no lo hacía diferente a los demás. Los alumnos en cuanto tal, todos son iguales y así debe ser. Pero también es válido aprender en sus textos, como los que se incluyen en diversas antologías y revistas, tales como Voces desde el Casamata (ALJA, 2010), Sueños al viento (Cofradía de Coyotes, 2010) y Cuando la piel canta (Cofradía de Coyotes, 2011), antología esta última en donde tuve el gusto de ser su compañero.

Se percibe en él cierta hermandad cuando conoces al Ramiro compilador. ¿Verdad que uno no puede dejar de ser compilador? Es ahí donde digo que ante el mundo actual, no se puede seguir sosteniendo absurdamente la vanidad de un arte individual. Pero esto lo refiero al hecho de compilar, a aplaudir en conjunto, no a mezclar o revolver poemas que pierdan su autoría, no creo en eso de que la poesía sea de quien la use, excepto en el slam y en la improvisación artística declamatoria donde los créditos vendrán después. Compilando a su gente, la de Ramiro ha sido labor social neta, como en: Veinte años de poesía en Matamoros 1977-1997 (1998), Matamoros Literario 2002 (2003), Letras en el estuario (ALJA, 2008), Río Bravo / Río Grande (ALJA, 2012), Palabra de poeta (ALJA, 2012) y Brevedad urbana (ALJA, 2012). Siendo autor por sí mismo, en poesía, de Defragmentación poética (ITCA, 2007) y (ALJA, 2012), Cosmogonía de la palabra (ALJA, 2008), Íngrima la ciudad (ITCA/CONACULTA, 2011), Ritual de la tierra (ALJA, 2012), Tierra de sed perpetua (ALJA, 2012), Moros en la costa (Obra selecta 1992-2002) (ALJA, 2012), Poemas a propósito (ALJA, 2012), Destiempo (ALJA, 2012), Minitatuajes (ALJA, 2012), Pasión de Eneas (ALJA, 2012), Claustros (ALJA, 2012) Bagdad (ALJA, 2012) y Perros nocturnos (Obra selecta 2003-2012) (ALJA, 2012). En relato, ha desarrollado, Sin oficio ni beneficio (ALJA, 2012) e Inminencia del ayer (ALJA, 2012). En teatro, Maridos maltratados (ALJA, 2013). Ventanas siderales (ALJA, 2012) es una compilación de textos diversos publicados en diversos medios.

¿Qué me une al quehacer poético de este intenso creador? Me parece que ambos estamos de regreso. Me explicaré. Pienso que la ruptura con lo tradicional que acaparó el abstraccionismo fue tal, que ha dejado sus huellas en forma perenne en literatura. Nunca como después del surrealismo nos es claro que la novedad se reconoce como parte de la obra de arte. Mas no su exageración. Porque fue la novedad llevada al extremo lo que causó el agotamiento de lo abstracto, que a querer o no, todavía a nuestras generaciones se le sigue cuarteando entre las manos. El surrealismo está aquí y tal vez lo esté siempre pero diferente, porque el desiderátum es otro: el regreso. Estamos de regreso a los valores. Por eso dice Ramiro: “Soy parte activa del universo, trazo luminoso que entra como relámpago en los espejos”. Y llama la tercera sección del libro que nos ocupa: Transmutación. Es un paso adelante después de un aparente paso hacia atrás.

Ramiro da un paso adelante en este aparentemente volver atrás, que se ha vivido en poesía al abandonar lo abstracto como desiderátum, y volver a valores tradicionales, pero en realidad es reconocerse, alejarse de la toxicidad gratuita o rebelde a ultranza. “Nos reconocemos en aquéllos que fuimos”, dice Ramiro. “Leemos un libro de suspiros entrecortados”, “Bebemos el Cantar de los Cantares”. Pero nuestra agitación es distinta. La vanguardia se agotó. Se superaron los impulsos de originalidad superflua o gratuita. Atrás quedaron los grandes años del rock’n roll. Lo tóxico intoxica, eso lo resume todo. 

Todavía a nuestras generaciones les tocó vivir ese estremecimiento. Se suponía que lo abstracto estaba agotado pero aun no era cierto. Su efecto había sido exactamente igual que una droga opiácea. Todavía se prefería la originalidad sobre la perfección, o más bien, en lo original estaba lo perfecto de este arte. Pero la novedad punzante creó adicción y cobró caro su veneno. Se requería una dosis cada vez más alta de extravagancias. Recuerdo que una vez Dalí se dio el lujo de entrar acompañado de varios simpáticos animalitos al estreno de una exposición. Cualquiera con una fortuna (vaya si es terrible esta fórmula: no cualquiera tiene una fortuna, ¿verdad?) es capaz de efectuar las audacias más grandes y que se las aplaudan pero una cosa es cierta: ese arte ya no corresponde tanto a las necesidades de la gente. Tal vez se me argumente que Breton no fue tan popular como llegó a creerse, mas si se lleva a las masas a una extenuación, el remordimiento es quien gana adeptos, y más que aquel antiguo y sano: “¡imaginistas del mundo, uníos!”, lo que la masa quería era el regreso.

Con Ramiro y con tantos, estamos de regreso. “Somos trashumantes que enfrentan sus rostros/ en la línea del fuego”. Es el regreso a los valores. Ya a fines del siglo pasado, se estaba regresando después de la posmodernidad pero todavía no a los valores, sino a la verdad cerebral; no se quería que los ojos llegaran hasta el sol, sino la meditada expresión de Bécquer cuando advertía: “Hoy llega al fondo de mi alma el sol”. Esa alma que había pasado por las tribulaciones de la verdad, estaba de regreso. Ese sol que era aún como quería nuestro Paz un “alto grito amarillo”, ahora más suavemente como él lo advirtiera, se volvía el “caliente surtidor en el centro de un cielo imparcial y benéfico”. No el sol negro que habían pretendido los nazis. Y aún no el sol que oculta al sol, con que amenaza el futuro en las predicciones de guerras internas alrededor de lo eterno: el culto sagrado. La vanguardia tomó entonces sus cosas y se marchó, se empezó a ir, dejando lo de veras novedoso que fue el incorporar la búsqueda de lo original y la gracia de lo estrambótico al arte general; después de ella nada que se preciara de arte volvería a ser igual, pero tampoco la exageración de lo mismo, y pasó a ocupar su lugar con aquel pensamiento maravilloso de Cocteau que bien podría servirle a lo abstracto de epitafio o de leyenda: “Yo soy una mentira que dice la verdad”. 

“Nos acompaña un sol detrás del pecho —dice Ramiro— con la devoción humana que invade a los insurrectos”.

Nuestra generación tenía cuando menos dos caminos: uno la abstracción a fuerzas. Sin dar pistas. Es lo que ocurre todavía cuando hago una metáfora donde junto pájaros y piedras sin decir “agua va”, o apenas citando al agua como mediadora entre unas y otros. La van a beber mis amigos, un breve grupo al que también le voy a contar que tengo una casa hermosa, a la orilla del mar, y a lo mejor me la dejó construir la autoridad aun en contra de lo permitido, y la fui poniendo divina con miles de implementos, y le puse nombre de corriente literaria, la bauticé con mi lema preferido: Calidad Literaria, mis amigos dijeron que estaba bien y se iban a pasar ahí las vacaciones, los puentes, su año sabático. Era mi casa de playa, léase “calidad”, el ingrato concepto de “calidad” literaria pero el problema es que en medio de toda esa belleza que creía haber logrado, va a llegar un tsunami y de un plumazo me la va a derribar. Y el que se vaya conmigo se va a ahogar, así parezca que me sustenta la Academia, el palmito, el colegio de México. Jamás seré realmente leído como poeta en el mundo, porque así pasa a los que hacen brotar pájaros abruptamente de piedras por más que los pinten de colores hermosos, azules o verdes, sin valerse del retorno de lo figurativo que vuelve por sus fueros. Quienes actúan así cometen un error: se olvidan del referente epocal. El precio de la fama es que los van a disfrutar sus amigos, podrán aderezarlo con ricos ensayos, y los van a comprar como ensayistas pero jamás tendrán acceso al verdadero mercado internacional de la poesía, que sí existe por cierto, donde la gente los asumirá como personas pesadas frente a cuyos poemas simple y sencillamente esgrimirán: “no comprendo, no sé de qué me está hablando”; y en el otro extremo, precisamente, está el mercado, que no por hablar más fuerte tiene mejores razones, sino al contrario, el mercado con su enorme riesgo de prostituirlo todo. El mercado por cierto era el otro camino de mi generación. Pocos, como Ramiro, recordaron el refrán caucásico: “Dos tontos hay en el mercado, el que pregunta poco y el que pregunta demasiado”.

Porque después de todo, como escribió Amado Nervo, bástele a cada día su propio afán. Es decir, el verdadero camino no es la incertidumbre, lo fue, lo acaba de ser pero ahora empieza a ser el equilibrio entre lo que la gente tiene derecho a oír, aunque no sea “tan cultural”, y la cultura tiene derecho de exigir aunque no sea “tan comercial”. Un poeta que lo logra: Ramiro Rodríguez; revela que la transmutación del sueño equivale a la “conmemoración colectiva del tacto”. El sueño y su función de abrigar. Sueño que va hasta el origen, que no niega a los padres. Que no se goza diciendo ojalá se mueran, o mírenme no siento nada ante el sepelio de mi madre, o las madres son unas brujas. Ni nada por el estilo.


EL PADRE SE IDENTIFICA A LA BÚSQUEDA DE LO ABSOLUTO

¿Cómo actúa en nosotros la energía? Nos hace de la familia. Al poeta Ramiro Rodríguez cupo en suerte ser amado por su padre que era un perdido enamorado de mujeres además de su esposa, era lo que se suele ser en esos casos, un “hijastro perpetuo de la soledad”, pero en el fondo sufría. Entonces reconoce Ramiro: “A pesar de todos los incendios inexplicables/ en el cuerpo de mi padre, de todas las fracturas marcadas/ en su rostro, lo amé como su hijo predilecto”. En este tipo de identificaciones “de hombre a hombre”, (críticas a convencionalismos aparte) la poesía arriba a conclusiones como ésta: “Puedo decir que amé a mi padre como su único hijo,/ aunque no fuera el unigénito, aunque hubiera otros hijos/ olvidados en hogares distintos”. 

Es por este camino que al llegar a la madurez, el poeta lanza su aserto definitivo: “Hoy entiendo que los hijos somos oxidación balsámica,/ calcio indisoluble en los huesos de los padres”.


“PURA YEMA INFANTIL INNUMERABLE: MADRE” (César Vallejo)

Magia de la energía, el ser humano se enaltece como hijo de padre y madre que es, dichoso quien ha abrevado en estos delicados amores diferentes, riqueza viva: “Mi madre le corta suspiros a la nostalgia… me enredo en los caireles de su nombre,/ pendo de sus pestañas mientras observa los nísperos/ en su exquisitez de siglos.// Corta un racimo completo,/ despoja al fruto de su cáscara amarilla, extrae semillas/ de perpetuidad.// Mi madre me amamanta en la sombra/ —como cada tarde—/ con la leche del fruto, con el bálsamo agridulce/ de los nísperos.// Después de guardar sus alas durante años,/ águila que vuela en el fondo de mis ojos, permanece fresca/ entre mis brazos”. 

Cuando sacuden las alturas poéticas, invitan a más, nos dejan aptos para entender nociones como la de madre: materia memorable en la pared de la conciencia. Así es como se acuña este fragmento que irreversiblemente sabe a Berceo:

“Mi madre llena los odres de la vida con el dulzor/ reservado por vinos añejos, con el néctar que se destina para dioses…”

Se abren las cortinas verdes del escenario y de pronto es la madre. La madre eterna, madre que pernocta en hojarasca. Aquélla que se trae en la sangre y se extiende en el tiempo como rosa de Castilla. Son sus manos, que se alzan para tocar rayos de sol, su abrazo que regala a los hijos del sol, el Universo. Su voz es un rumor que baja de montañas lejanas. Y uno viene de regreso al valor de ser hijo, saberse hijo, sentirse hijo, en un día caluroso en un pueblo dormido, desde el ángulo central del mediodía. Y uno vuelve a creer en el amor, con su llorar ojos adentro, desde su origen de barro, desde el “fragmento del hombre que soy”, para tener el pulso de escribir: “Veo a mi madre sobre las cosas, en espacios de palabras,/ cuando la devoción por las personas vibra/ en el amor que nos llena de luces”. Bástele a cada día, su propio afán.

28 de mayo de 2013

La poesía habita en las palabras


Palabra de poeta Antología de poesía sobre poesía, antologador Ramiro Rodríguez, ALJA Ediciones, 2012, imagen de portada: “Vendedora”, de Nora Iliana. Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui.

Nadie niega la existencia de fuerzas naturales o sobrenaturales, y aunque la poesía es, para muchos, el lugar idóneo para invocarlas, trabajos como el de Ramiro Rodríguez en su tarea de antologador de poesía sobre poesía, demuestra que, a fin de cuentas, la poesía, tal y como decía Mallarmé, se hace con palabras.

La palabra de poeta trae en sí misma el trabajo de “sufrir el pantano”, en tanto se adivina que hay abismos alrededor de la condición humana, tales como un antes, un después, que nos sacuden pero también un ahora que es lo único que tenemos para moldear; y de todo este compromiso, lo único en que el poeta puede afianzar su ser en el mundo, es la alegría de que su empeño nace y termina en la palabra. De ahí la importancia de pulirla, de adecuarla al conjunto, de hacerla brillar en un todo aplicable a la época y que la época adopta como suyo porque sabe que en el fondo, irán juntas, a resumirse en historia.

En el momento actual de la poesía mexicana, cobra vigencia una actitud ponderada, prudente, que se está dando en el Norte, concretamente en Nuevo Laredo, y otros lugares geográficamente relacionados, de entender el quehacer literario como un compromiso a librar entre dos extremos que lo condenan o lo salvan, según se guarde o no una distancia entre ellos: la entrega total a un desaliento por la inseguridad o desigualdad social, o su peligrosa negación en aras de un tramposo purismo.

Ramiro Rodríguez, escritor de poesía, cuento, ensayo, editor, nacido en Nuevo Laredo en 1966, toma como suyo este destino de búsqueda de un término medio: su ser es así, él mismo es así e invita con su entusiasta presencia, a quienes le conocen a darle su confianza para abrir caminos a la expresión literaria. Alianzas entre editoriales, reuniones de amigos, en fin, todo lo que haya que hacer con tal de que la poesía no se nos muera entre las manos. En días recientes recibió la medalla Filemón Salazar Jaramillo, de manos del Presidente Municipal Alfonso Sánchez Garza. Un justo reconocimiento para quien se ha desempeñado como miembro del Consejo Editorial de la revista literaria Novosantanderino, Premio Estatal de Poesía 2008 (ITCA) y el “Altaír Tejeda de Tamez”. (SET). Conozcan a Ramiro. Es el típico que no se desanima, que puede caerle encima una tormenta y sigue estando ahí. ¿De dónde su fe, sino de la palabra, el ser último, final, de la poesía?

Su obra se incluye en antologías como Voces desde el Casamata (2010) y Donde la piel canta publicada en la editorial Cofradía de Coyotes bajo la dirección de nuestro amigo Eduardo Villegas Guevara, a quien llamamos “el Coyote Mayor”. Compilador también, de Letras en el estuario (2008), ya que organiza desde 2001 el Congreso Binacional “Letras en el Estuario” y Río Bravo/ Río Grande (2012). En poesía, autor de Defragmentación poética (2007), Cosmogonía de la palabra (2008), Íngrima la ciudad (2011), Ritual de la tierra (2012), Tierra de sed perpetua (2012), Moros en la costa (Obra selecta 1992-2002) (2012), Poemas a propósito (2012), Destiempo (2012), Pasión de Eneas (2012) y Minitatuajes (2012).

Dice en “Coloquio Novembrino”: “Nos alimentamos de sonidos. Palabras de viento/ detrás de los párpados…” Hay, en efecto, un sitio que la poesía tiene reservado a quien comprende ese destino, más allá del reclamo estrepitoso, pero también lejos de la llamada “torre de marfil”, un lugar seguro para quien comprende que la noche lo alcanza pero no le alcanza, y así escribe: “La noción de la noche se colma de peces”. Expresa Gabriel Weisz en El juego viviente: “Cuando hay una fisura en el sentido, la palabra cobra un matiz circunvolutorio con resonancias en la emocionalidad. El sitio que ocupaba en el sentido es el asiento de una organización geométrica”. (1) Establece Ramiro: “¿Cómo entenderme en la geometría del verbo?/ ¿En el marco histórico de ideas que vibran?/ ¿En la estructura ósea del discurso?” Un consumado jugador de palabras, el estridentista Manuel Maples Arce, intuye algo que tiene que ver con el juego y en medio, un sacerdote: “termina el fresco en un bosque sagrado cuya impenetrable vegetación esconde el templo pagano que guarda la piedra monolítica, imagen y símbolo de los dioses legendarios. El último kahana, mitad sacerdote, mitad hechicero, observa en secreto los ritos casi olvidados”. Así se expresa al hablar de las pinturas murales de Jean Charlot (2). Ya Maples Arce había tenido la idea de la existencia como un sin número de “andamios interiores”, cierta simbología afecta al pirueteo mental de un Piranesi. Acá, dice Ramiro: “¿Cómo armar la urdimbre de andamios interiores?/ ¿Dónde la transverberación de la palabra?/ Soy un símbolo de mí mismo”.

El querido maestro Alejandro Rosales Lugo, honra esta antología con su poema “¨Paisaje amarillo”: “estoy frente a ti/ calcinado por tu piel arena/ herido por los espejos ocultos de tu cuerpo/ bajo la luz el polvo de la tierra de trigo/ también, frente a ti, el mediodía…”

Ya sabemos que Alejandro Rosales Lugo, pintor, poeta, maestro universitario, es dueño de esas claves ocultas entre la luminosidad y el amor, arte en que le iguala también, digámoslo con brío, el maestro José Antonio Navalón. Rosales ha publicado poemarios como Bicicleta de poesía o El paisaje del cuerpo, y es incluido en la Antología de Poesía Erótica Mexicana, de Enrique Jaramillo Levi.

Revisemos ahora lo plasmado por la poeta Norailiana Esparza Mandujano en su poema “Plastilina”, que da realce a esta antología: “Mi voz en manos del poema/ la acaricia/ la moldea/ se derrama en ella/ la esculpe/ la deforma…”

Pintora, narradora y poeta, Norailiana Esparza Mandujano es editora estrella de la revista literaria “Catarsis”. Su vocación lo cela todo, en su implacable escrutinio forjado en los talleres de la llorada Graciela González Blackaller y el aplaudido maestro Héctor Carreto. Podemos rastrear su huella en antologías como Apuntes desde Victoria, Aquella voz que germina, Voces del noreste (Instituto de Cultura de Durango). También en Sueños al viento, Donde la piel canta, Coyotes sin corazón, Caracoles Extraviados, Tren de la ausencia (Cofradía de Coyotes). Domina lo erótico a partir de esa noble función de quien todo lo intuye y lo trasciende, por examen literario de los hechos, más que por estarse en ellos: “Eres los versos que escribo/ cuando pienso en tu cuerpo”. Comprende que en el afán de asirse a la palabra, está el ser o no ser del poeta: “En tu gesto milenario/ palabra/ dibujas el poema”. Sólo así enfila al prodigio de las mutaciones: “Metáfora entintas mis labios/ con suaves matices/ cubres mi boca/ donde te balanceas/ cual columpio improvisado/ en Semana Santa”. Pero no la enturbia ni acomete el temor, cuando se trata de amar a un poeta: “Amo tus palabras/ cuando se desnudan/ ante mis ojos”.

En las paradojas del signo lingüístico, hemos de situar a Santiago Daydí-Tolson, cuyo poema “Algarabía del silencio” postula: “A pesar de todo hay que callar./ Callar./ Lo aconsejan a gritos/ Los poetas”. Por eso, en su “Casi poema”, se coloca a exacta distancia del miedo y el candor, para pedir: “eco de mí dime de mí mis voces”. El es un profesor a quien le ha tocado destacar en ambas lenguas, (español-inglés), con Voces y ecos en la poesía de José Angel Valente (Lincoln, Nebraska, Society of Spanish and Spanish American Studies, 1984), o El último viaje de Gabriela Mistral (Aconcagua Ediciones, Chile), así como la edición de la correspondencia entre Ernesto Cardenal y Thomas Merton (Madrid; Trotta, 2004), fundador de Labrapalabra, revista electrónica de creación literaria en castellano. 

Juan Antonio González Cantú, autor del cuentario Taxidermia en vivo, recogido en Antología canicular, (Campamocha, 2009), celebra el gozo semántico a modo de un “Vaso comunicante donde se anega/ la esperanza de decir: vivo”. Este profesor de traducción en la Universidad de Texas en Brownsville, va forjando de hito en hito su “Descreacionario”, en el cual ha muerto el dios de las palabras…

Aún quedan voces como Joaquín Peña Arana, por quien respira el mundo de la comunicación, que forma parte del Ateneo Literario José Arrese de Matamoros, y en “Translingual”, mágicamente señala: “Vives en E.U., dije yo./ Vivo en E.U., dijiste./ América es un continente, dije./ América es mi país, dijiste./ Hablé en español. Contestaste en inglés./ Y pese a todo lo anterior/ logramos entendernos”.

Otra de las luces que arroja esta antología es sobre diferencias prácticas entre poesía y prosa. La maestra Gloria Rodríguez, quien publica sus textos poéticos y ensayísticos en el sitio literario “Santuarios lejanos”, plasma mucho de esta diferencia que debería constituir tema de reflexión obligado a algunos de los autores de esta antología. Esta codiciada diferencia que es un poco como el dicho de Freud cuando advirtiera: “lo que se dice en broma, se dice en serio”. En poesía, las cosas no se van. Se quedan, no las arrastra el flujo de la narración. Se quedan, a veces por años, a veces, quizá, hasta la eternidad. Así Gloria Rodríguez cuando registrando una anécdota doliente, sentencia rápida: “No hay voces: / hay rostros paralizados”. Eso es exactamente, maestra, lo que pasa en la poesía. ¿Por qué? Será tal vez en aras de su poder de síntesis, de verificar, y lo primero que verifica automáticamente es la correspondencia entre fondo y forma. En la poesía hay una forma inseparable del fondo para decir las cosas. “Eres centro,/ ocaso,/ despertar de inviernos”. Dice Gloria en versos que saben a su nombre. “Ahí donde el atardecer/ esconde sus reflejos,/ donde las aves elevan al cielo una añoranza,/ donde los mares esconden lo no sabido/ y el tiempo se convierte en humo… hay poesía”.

Maestra Ruth Martínez Meraz, a quien conocemos por la página electrónica Desnudez de mi palabra, o A surrender to the moon, International Library of Poetry, 2005), sin embargo no entiendo qué está haciendo ahí el nombre de Alejandra Pizarnik, ¿como aparente título de un poema?, faltó aclararlo porque para algunos, no tan avezados, podría implicar como una cita de ella, como el deseo de efectuarle a ella una traducción. Creo que son minucias que hay que cuidar en la titulación de los poemas. Nada debe estar vago, nada debe confundirse con prosa. Pues por ejemplo, Carlos Acosta, al iniciar el libro, trata de celebrar la noción de palabra con destellos indiscutiblemente poéticos: “Tú, milagro gutural”.

Por otra parte Federico Fernández se propone salir de la retórica al decir: “Los poetas tienen… un ritmo de lamentos en la piel.” Aportes como el de Conchita Hinojosa siempre se agradecen, pues su poesía “va de camino”, se esmera en resumir lo que en muchos de sus poemas, no fácilmente se salva de la prosa, para expresar, en íntimo definitorio: “La palabra, estruendo de rostros sudorosos…” Damián González imprime un sello de curación por la palabra: “Escribir es abrir el alma,/ dejarte poseer por las letras/ hasta envejecer con ellas”.

En fin, poetas todos que bajo la dirección sabia de Ramiro Rodríguez, le han ayudado a hacer lo que siempre ha querido: “lamer la palabra dentro de la palabra”, en un proceso alucinante, hacia la metapalabra. ¿Cabría por ahí la propuesta de la poesía como un más allá del lenguaje? Habría que releer a Paz, y agradecer a Ramiro la ecuación sagrada, interminable: “Si a cuadrada más b cuadrada es igual a c cuadrada, entonces poeta más palabra es igual a poema”. Muchas gracias.



REFERENCIAS
1. Gabriel Weisz, El juego viviente, (Indagación sobre las partes ocultas del objeto lúdico) Siglo XXI, México, 1986, pp. 146-147.
2. Manuel Maples Arce, Incitaciones y Valoraciones, Cuadernos Americanos, núm. 50, México, 1956, p. 146.

Imágenes:
1) Portada de Palabra de poeta Antología de poesía sobre poesía (ALJA Ediciones, 2012).
2) Maestro Carlos Santibáñez Andonegui y Ramiro Rodríguez.
3) Fragmento del poema "Letras" de Ramiro Rodríguez, cartel creado por Romina Cazón, Editora de Revista El Humo.
4) Colección ALJA Ediciones y libros diversos.