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7 de octubre de 2010

Las Voces de la Ciudad




A Ramiro Rodríguez

¿Que se ha perdido mi voz
                   en el perfil de las letras?
Bastó un atardecer para escucharte
                       y digerirte suavemente,
amarrada con el encanto de tus versos
            y mientras mis fríos ojos,
enredados en esos renglones
donde cada palabra no cincelada
evocaba tantas y tantas
                   olvidadas páginas.

Un hoy embestido de silencio,
                 mi esternón enmudecido,
una taza de café en mi escenario
                y la duda encarnada
                          a mil por mil,
                 saciados los minutos
          en mis crudos pensamientos,
danzando sin rumbo,
         una musa vestida de escarnio.

¿Que por qué mi vocabulario
             con mi pluma no ha jugueteado?
Con sutileza me interrogan tus versos.
¡Maldigo mis horas dormidas,
            maldigo mis descoloridos tiempos,
maldigo, sin piedad, las sombras
que han frenado el sabor de los versos
                de esta somnolienta luna!



Luna

Me duermo en ti
              y sin darte cuenta,
                 cuando apenas tus ojos se reflejan en la cara del sol,
              acompañada de las voces de la ciudad
                                           y atada a las manecillas del reloj,
              con la humedad de mis labios ansiosos,
te guardo en silencio.
           Y apenas si conozco el aroma de tus manos
                           y apenas si conozco el sabor de tus besos,
                                 me atrapas sin horario,
             me llenas, mi luna traviesa,
                                      mi luna tan mía
                                   y en su canto de quererte, de desearte,
                                                                 me abraza en la oscuridad,
                                                                             sin rumbo,
                                                                 soñándome, tan tuya,
                                                                       bordada, tatuada,
                                                                             en ti, para ti.

Autora: Elvira Meade (H. Matamoros)

1 de junio de 2007

Vuelan las Caracolas


Elvira Meade nace en Álamo, Veracruz, México, el 3 de abril de 1962, pero radica en H. Matamoros, Tamaulipas, desde muy temprana su infancia. Es Licenciada en Problemas de Aprendizaje por la Universidad de Coahuila. Publica su producción desde 1990 en la edición anual de Matamoros Poético del Círculo Literario Manuel F. Rodríguez Brayda y en la Revista Literaria Novosantanderino de la Universidad de Texas en Brownsville. Si se hablara de su poesía, no sería audaz decir que sus versos son la luna hecha pedazos en las aguas del mar más tempestuoso, que en su poesía "vuelan las caracolas" y "se arrastran los peces". Elvira es un manojo de metáforas audaces e imágenes estrafalarias.


Catarsis

Abanicos deformados,
sin olor,
sin sabor,
se vierten.
El glamour,
una tarde,
una crónica más,
un pasillo,
una pasión negada.

Imágenes huecas,
sin color,
sin madurez,
inertes escapan.
Una sensación,
una búsqueda,
invalidez,
un escenario,
una melodía inadvertida.

Ajena posibilidad,
inútil,
indigesta,
metamorfosis,
lo creíble,
añoranzas,
vertida dosis,
impotencia,
el ayer vivido.



Instintos

Puños de miel con silencio de sal,
gemidos pálidos, te regalo el más hondo
destello sin hielo, el huracán feroz y sediento
que apenas acaba. Aún hay lluvias,
lluvias que caen en blandas piedras
y en mi suelo duermen, quietas a ratos,
se muerden entre ellas mismas.
No hay luz,
no hay escombros,
no hay sombras…
El arrecife celoso se traga la palabra hueca
y el encaje del follaje aquel se pierde
mudo y solo. Hoy mis huesos son de arena,
lentamente, partícula a partícula
se ahogan en el hierro de tu aliento.
¡Salva ese instinto de libertad!

Al otro lado se asoma mi loco mundo,
hay verde en cada pedazo de cielo,
hay azul en cada pedazo de hierba,
vuelan las caracolas, se arrastran los peces
y el agua con café tiene sabor a menta.
Toma mi almohada, incomodan sus cristales
necios. Ata mis pies que sin rumbo vagan,
empanizados van de sollozos,
descalzos de reloj, de viento sin aroma.

Ahora te lleno de colores crudos,
desprendidos de nostalgias y presagios.
Llévate mis ojos y cuélgalos en aquel
candelero viejo. Ahora no; hazlo despacio,
arráncalos de madrugada.
Mañana… mañana estarán solos.



Escarnio

Dos bocas se unen exentas de cruda escarcha,
se encajonan; un escenario negro,
un incienso hindú con sabor de pecado
y dos rostros –como lentejuelas– danzan
en cielo interno.

                     Y en el mudo espejo se confiesa
la piel, se alimenta el aliento.

No hay espacios. Todo, todo se llena.
Y dondequiera muros de mutiladas páginas
y dondequiera archivos de juramentos estúpidos.

Las paredes ríen,
las paredes se carcajean,
las paredes se comen el reloj para asfixiar el tiempo.