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18 de noviembre de 2024

Geografía del sueño: una cartografía onírica

 


Geografía del sueño: una cartografía onírica


Por Gerardo A. González Rodríguez

El hombre, un Dios cuando sueña;

 un mendigo cuando piensa.

Friedrich Hölderlin

 

Geografía del sueño es un poemario publicado en este año por el prolífico escritor Ramiro Rodríguez bajo el sello editorial ALJA. Consta de 37 poemas; todos ellos circunscritos, como lo indica el título, al tema de los sueños. Aquí, el lector se verá inmerso en un desfile de imágenes oníricas, donde la realidad es trastocada por la inconsciencia. El tono de los poemas es variopinto. En algunas ocasiones es nostálgico, en otras eufórico. En otras reflexivo, filosófico, en otras, hedonista, dionisiaco. Sin embargo, el tono se expresa a través de los prismas del sueño. El sueño es el que recrea, proyecta y trabaja con la realidad del hablante lírico.


El libro inicia con “Origen”, un poema que conduce al hundimiento de la voz poética hacia la geografía del sueño. Un hundimiento entre espejos interiores. Esta caída tiene un cierto propósito diegético. Así como en un inicio Alicia cae en la madriguera del conejo hacia el País de las maravillas, o el Altazor de Huidobro cae al fondo de sí mismo, la voz poética cae y cruza el límite de la vigilia. Y nosotros caemos junto con ella. Atravesamos una frontera que nos permite realizar el proceso de desconfiguración, del desaprendizaje, para internarnos hacia el abismo lingüístico y caer sobre la red de códigos particulares de la experiencia poética. A partir de aquí, entramos a un mundo surrealista. Treinta y siete estaciones vibrantes.


Sin lugar a duda, entre los temas que debía tocar el poemario era el del surrealismo. Esta vanguardia de principio del siglo XX tuvo una estrecha relación con la inconsciencia, con lo onírico. En Geografía del sueño hay un poema que lleva su nombre. Los primeros versos dicen así:

 

Hay estrellas verdes que vuelan

bajo el cielo, luciérnagas que se encienden

en los labios de la noche

(…) Un surrealismo de estrellas surca

el estío, entumece los ojos

en una especie de catarsis (Rodríguez, 91)

 

No es gratuito que el poema inicie con estrellas. Según Octavio Paz en su ensayo Estrella de tres puntas: el surrealismo, André Bretón consideraba al lucero de la mañana, la estrella de Lucifer, como un símbolo del surrealismo. Su luz la forman tres elementos: la libertad, el amor y la poesía. El surrealismo es un ejercicio de la libertad del hombre, una rebelión contra la sociedad racionalista y cristiana. (…) Una empresa revolucionaria que aspira a transformar la realidad. (Paz, 121)


El poemario busca la libertad del inconsciente. Arrancar lo coraza prosaica de las cosas y descubrir el espíritu lírico. Más adelante, en el mismo poema, podemos ver el ejercicio de la libertad.

 

No solo el universo

se desnuda en su catarsis ante los eventos

sobre las páginas; no solo el universo

tiembla como por un cataclismo,

palabras que se abren en el discurso. (Rodríguez, 91-92)

 

Estos versos aluden al ejercicio del cosmos proyectándose sobre el papel, usando como medio la mano de la voz poética, como si esta fuera la mano de un títere. En el fondo, esta actividad recuerda al de la escritura automática. Una técnica impulsada al campo literario por André Bretón y por los surrealistas, que consiste en escribir el fluir de la conciencia sin privaciones morales ni de ningún tipo. En el ensayo referido anteriormente, Octavio Paz menciona que, para él, la escritura automática es más una meta que un ejercicio. Lograr tal estado de inconsciencia es una admirable utopía. En los versos de Ramiro hay un interés metaliterario, una reflexión sobre el Universo que sostiene la pluma y escribe. Es como si el hablante lírico abandonara su estado de vigilia y fuera poseído por la voluntad del cosmos (por medio del sueño), para poder manifestarse en escritura. La utopía total de la escritura automática.

      

Una de las características en varios textos del poemario es retratar la localidad. El mismo Ramiro Rodríguez lo señalaría en su propio decálogo del poeta: Honrarás al pueblo en el poema. A diferencia de lo que podría pensarse, la localidad en la literatura no está peleada con la universalidad. El doctor José Javier Villarreal, en una conferencia, mencionó que los buenos poetas solían ser poetas locales. Y pondría como ejemplo a Homero, quien sin lugar a dudas podría considerarse un poeta local. Un poeta que trascendería fronteras geográficas y temporales desde su aparente estrechez espacial.


Con relación a lo anterior tenemos el poema “Álbum de familia”. Este es uno de tono nostálgico, donde el hablante lírico está dormitando mientras contempla un retrato familiar. El sueño es el que le da vida a los personajes de la foto, el que los libera de la planicie de la imagen y les brinda cierta tridimensionalidad. El poema arranca con la progenitora, la matriarca, cuyo origen de dioses / es la falda de la Sierra Madre, / el follaje intenso de Sombreretillo. Versos más adelante diría: En sus ojos, el desvelo de madre / al cuidado de sus hijos en Nuevo Laredo. (26, Rodríguez) El mismo sueño confunde los contornos de la figura materna con el paisaje del origen, los territorios de la infancia.


Más adelante, el poema, tras un desfile de miembros familiares, concluye con José Luis, o mejor dicho, con su ausencia. Este solo aparece en los labios dulces de su madre. Según podemos suponer por los versos, José Luis se fue a probar mejor suerte en la mística ruptura del viento del norte, es decir, a Estados Unidos (teniendo en consideración que Nuevo Laredo es una ciudad fronteriza). Curioso que el poema termine con un exiliado, de alguien que abandona la geografía común.


En el poema “Desdoblamiento del sueño”, persiste el interés de retratar la geografía local. Encontramos, por ejemplo, que se recrean ciertos paisajes que tienen un valor muy personal para la voz poética. Aquí aparecen las carreteras de Tamaulipas, su flora y su topografía. Al igual que el poema anterior, el sueño confunde los contornos del paisaje, las emociones y los personajes. El sueño produce una experiencia sinestésica, donde las carreteras de Tamaulipas (vista) tienen las huellas de un amigo sobre el asfalto (tacto). O donde se extienden las conversaciones (oído) para enredarse en nogales viejos (tacto).


En su interés por escribir el pueblo, hay poemas que se vuelven un paisaje onírico, como un cuadro hecho de versos. Tenemos, por ejemplo, “Volcán”, un poema que, bien mirado, es como la pintura de un pueblo sepultado por la ceniza volcánica. Por los referentes que arroja el texto, podemos situarlo en la Meseta Purépecha. Siendo de esta forma, estaríamos hablando del volcán Paricutín. Aquel volcán relativamente nuevo, que nació en 1943 y que sepultó dos comunidades, el homónimo y el Parangaricutiro. Es la lírica del sueño que da vida a la fosilización de aquellas civilizaciones. Los versos dicen de esta forma:

 

Nos volvimos otros que nunca fuimos,

otros que copulaban con la memoria.

Nos regocijamos en la tragedia,

en el desastre, en el vientre verídico

de la historia. (Rodríguez, 88)

 

Todo el poema es una recreación de una vida previa a la catástrofe.


Un punto imposible de no destacar es el fenómeno de la metaliteratura en la poesía de Ramiro. Como bien se sabe, la metaliteratura es la forma en que la literatura reflexiona sobre sí misma. Crea la ilusión de traspasar la frontera diegética, lo que en el cine se considera la cuarta pared. En el caso de Ramiro Rodríguez, su metaliteratura es un poco más sutil, menos obvia. El doctor Adán Echeverría exploraría este rasgo con mayor profundidad en su ensayo “Ramiro Rodríguez: protagonista y protector de la palabra en el noreste de México”. Aquí se expone que una gran parte del corpus literario de Ramiro hace una constante referencia a la literatura misma, al oficio del escritor, al poema encarnado en mujer. En palabras de Echeverría:

 

(…) dentro del recorrido por la obra del poeta, (…) los temas sobre los que el autor construye su propio universo es esa inmensa idea de servir y servirse de la palabra, de ser escritor a toda hora, de ser la reencarnación posible de uno de esos aedas, así como protector de la palabra. (Echeverría, 74)

 

En efecto. En muchos de los poemas hay una apología subterránea de la literatura. Un amor, una pasión hacia ella. No es casualidad que entre las palabras claves del poemario podamos encontrar: hoja, página, palabra, tatuaje, tinta, discurso, libro. En el poema “Letargo”, por ejemplo, nos habla sobre la sensación que indica el título. Los versos dicen así:

 

Sentado bajo la sombra,

tocando la superficie

de un libro imaginario,

me desdoblo

como idea abstracta

que se arrincona

para que pase el sueño. (Rodríguez, 105)

 

Aquí, me parece que el hablante lírico se encuentra en un dificultoso momento de agrafía. Es decir, la dificultad de expresar sus ideas literarias y proyectarlas en el papel. La sombra es la oscuridad, la falta de lucidez. La superficie del libro imaginario es el ideal aún no alcanzado (la escritura), la idea abstracta arrinconada: la dificultad de expresarse. No por nada la última palabra del texto es silencio. “Letargo” es un poema bello y desconcertante, donde puede considerase el estado de la agrafía como el insomnio de los poetas, de los escritores.


El poema con que cierra el libro se titula “Geografía”. Este es un poema breve. Consta de doce versos. Es una pequeña condensación de la idea general del libro. Una reflexión en la que el sueño llena de vida, de lírica, la realidad. Los últimos versos son sentenciosos, demoledores. Si en un principio se menciona que todos los hombres están inmersos en la geografía personal de los sueños, hay aquellos que han extraviado su brújula interna, que se han perdido en los laberintos prosaicos de la realidad. Aquellos son (como lo diría el poema) los hombres de lengua petrificada en el polvo de los años. Considerando el punto de la metaliteratura en Ramiro Rodríguez, la condición de lo ágrafo vuelve a aparecer. Pero esta vez, traspasa las fronteras del oficio del escritor, y señala a los zombies cotidianos, a aquellos seres secos, incapaces de expresarse. Los muertos en vida.


Para finalizar, me parece oportuno mencionar una frase que aparece en un cuento de Enrique Vila Matas. Aquí, el narrador recuerda un mensaje escrito en el muro de un manicomio “Viajo para conocer mi geografía”. (Vila-Matas) La experiencia de la lectura podría considerarse como un viaje, una exploración hacia otros mundos, otras dimensiones. El poemario de Ramiro Rodríguez es un mundo onírico, lleno de paisajes extraordinarios. Cabe decir que uno no sale inmune de su lectura. Uno no cierra las tapas del libro y regresa a la rutina como si nada hubiera pasado. No. Su lírica tiene algo contagioso. Suministra de poesía la realidad. Su interés metaficcional va más allá de un simple juego literario, su estilo escapa de las páginas y uno empieza a ver la vida a través de los prismas del sueño. Reverdece los desiertos cotidianos. Ilumina la geografía interna, los países y continentes que tenemos dentro de nosotros.

 



Bibliografía

Echeverría, Adán. (2023). Introspectiva. Conversatorio sobre la obra de Ramiro Rodríguez. México: Catarsis Literaria

Paz, Octavio. (2008). Las palabras y los días una antología introductoria. México: Fondo de Cultura Económica

Rodríguez, Ramiro. (2024). Geografía del sueño. México: ALJA

Vila-Matas, E. (2010). Suicidios Ejemplares. España: Anagrama

9 de julio de 2024

La persistencia del sueño

 


La persistencia del sueño en Geografía del sueño 

de Ramiro Rodríguez

Por Estela Guerra Garnica

Morelia, mayo 2024

En esta obra, Ramiro Rodríguez nos introduce a sus sueños, o quizá, sus ensueños. Paseamos con él por las calles de su memoria, en un ir y venir de la vigilia al mundo onírico, conducidos por su mirada de poeta, aquella que encuentra belleza en cualquier sitio y la describe con la elegancia de cisne nadando en el estanque.

El concepto del poemario es una incursión al surrealismo. El autor sueña que alimenta con luz a la luna enjaulada, o es la luna la que ilumina los rincones de su memoria. Aquí es evidente la influencia de Rulfo llevando de la mano a Ramiro por las calles de Comala para conversar con los habitantes de su memoria. También hay influencia de escritoras como Elsa Cross y Alejandra Pizarnik y, desde luego, Octavio Paz. Se trata de una sinfonía de la realidad que el poeta observa y metamorfosea en sus sueños, esos que describen una geografía donde el placer es el protagonista principal. Placer de vivir, de conocer, de escalar volcanes y ver a los pescadores convertidos en dioses lanzando sus redes ante peces que sueñan con ser pájaros.

Por ejemplo, el poema "Peregrinos" de la página 71, me recuerda el estilo de Elsa Cross:

“[…]

peces que saltan en la superficie

en intento frustrado

de convertirse en pájaros,

de entumecerse como nubosidad 

en el cielo, abiertos al hedonismo 

del mundo”.

Geografía del sueño es un mapa donde descubrimos las posibilidades de escribir poesía íntima, que no necesariamente intimista. También es la construcción de un puente entre la realidad cotidiana y los múltiples universos expandidos gracias a la lectura de otros buscadores como los poetas mencionados arriba.

Esta construcción es ventaja y recurso de los orfebres de la palabra como Ramiro porque representa la posibilidad de encontrar refugio en nuestros mundos interiores y explorar en la memoria para no perdernos en el caos del mundo. Además, es posibilidad para generar belleza, la cual encuentro a raudales en estas páginas. 

Por ejemplo, del poema de la página 61 titulado "Sobre la memoria", dice Ramiro:

“He visto mucho más que los colores

de la tierra, el sabor del agua que transpiran

los astros, los aromas del campo,

el resuello de las bestias; he visto

esos párpados de misterio en los nogales,

ocultos en el follaje de la mimesis,

contemplación del incendio, mis huellas

hacia la escollera [silbido del viento],

el musgo en los troncos que sustrajo

la tempestad de tierras remotas”.

Otro ejemplo es el poema "Rutina" de la pág. 32:

"Los pájaros

me nombran heredero de las parvadas,

continuidad de plumaje

en la amplitud del vaho,

los pájaros como flechas en su vuelo

de otoño [pájaros ocultos

como sombra en el sueño], entes

que tiñen la transparencia

del aire”.

Geografía del sueño es una valiosa propuesta para los amantes de la buena poesía. Se trata de una voz madura y sólida con probadas estrategias creativas como la écfrasis. Lo sé porque en los primeros once poemas de este libro, Ramiro utilizó imágenes de pinturas que sirvieron como base para un ejercicio colectivo que hicimos en el año 2021, justo durante la pandemia.

Recurrir a lo onírico como fuente creativa fue utilizado por el movimiento surrealista creado a principios del siglo pasado. Aquel movimiento buscaba cambiar a la sociedad por medio de la revolución al romper la formalidad del discurso literario y artístico que representa a la realidad.

A cien años de su surgimiento, el surrealismo está regresando o quizá nunca se fue, pero ahora tiene un sentido más individual, ahora se trata de entender y representar el mundo privado del individuo del mismo modo que siempre, pero sin una intención revolucionaria… ¿o sí?

En el poema "Fijeza" de la pág. 54 encuentro influencia de Octavio Paz. En él se narra la historia del vivir y dormir, crear vida y soñar, y como dice el autor: “soy un sueño dentro del sueño” y “al entrar en el sueño, nos repetimos en todos los espejos”:

“[…]

Somos fusión de luz

para el fuego del origen.

Caemos como dioses en destierro,

temblor de humedades

[…] Nos reconocemos como palabras 

en el vidrio, brota la desnudez 

en la fijeza de la lluvia

y lavamos impurezas de siglos 

en la lengua. La fijeza de nuestros ojos

se difumina con el parpadeo

de luciérnagas errantes".

No faltan, desde luego, reflexiones filosóficas, erotismo, sensualidad, y sin recato, Ramiro critica a las beatas que son como las iglesias: vacías. También se aventura, aunque con algo que parece timidez, a la exploración de neologismos como escribe en el poema "Sobre el mar" de la pág. 48:

“A veces mis pasos huellan la espuma [...]

estoy condenado a petrificarme en el faro,

a estatuarme en la hora de mirar la espuma,

a amanecerme con el murmullo en mi oído

como náufrago en las playas”.

Cierro estos comentarios con estos versos de Ramiro Rodríguez en el poema "Geografía", el cuel cierra la obra en la pág. 114:

“Nadie escapa

a la red incompresible de los sueños

nadie a los laberintos de las palabras”.

Y yo añado: Nadie escapa al poder de la poesía. 

Para mí, Geografía del sueño es el equivalente de la pintura de Salvador Dalí: “La persistencia de la memoria” creada en 1931, pletórica de representación de arquetipos, igual que este libro. 

15 de junio de 2024

Laberintos vertiginosos del sueño en Geografía del sueño

 

Laberintos vertiginosos del sueño en Geografía del sueño de Ramiro Rodríguez

Por Raúl Castelo Hidalgo

Michel de Montaigne subraya: “Dice Cicerón que filosofar no es más que aprestarse a la muerte. O que toda la sabiduría y discurso del mundo se resuelven en enseñarnos a no temer morir”. (1). No hay más que ver la amplitud de las manifestaciones, de enseñarnos a vivir que de los resquicios de las vidas cotidianas realiza el poeta Ramiro Rodríguez, y darnos cuenta de su talante epistemológico diverso, de su discurrir, sin afectaciones lingüísticas, por los caminos entreverados de la vida y la escritura, para brindar, a la manera de un bardo que nos sumerge en otras realidades, una obra más allá de los versos sobrepuestos para impresionar a sus seguros lectores, una obra poética que atiende siempre a la vida, Geografía del sueño, y aprender a vivir en la caricia libertaria del conocimiento tan necesitado de acercarse a la naturaleza y tan necesitado de abrevar del espíritu, lo cual implica un desprendimiento, algunas veces doloroso, para proveer el crecimiento y la estrechez, vaya paradoja, de ir muriendo en el intento continuo de vivir con las alas desplegadas, y no por ello aterrizar para meditar el sueño, la memoria, las palabras, los ojos y los espejos, las ventanas y puertas sumergiéndose a otros mundos, las paredes para limitar los excesos de identidad, las sombras sin un cuerpo que las soporte, los rituales que de no soltarse a tiempo encadenan el fuego interno.

Nos dice William Blake: “Quienes frenan al deseo, lo hacen porque el suyo es bastante débil como para ser contenido. Así, quien contiene, o la razón, usurpan su lugar y gobiernan a los que se resisten” (2). La soledad, esa vieja compañera que nos traga para despertarnos, el origen de los pasos que nos tatuaron en una célula, los orgasmos de las luciérnagas al tocar el corazón construido por haces de luz y los relojes, pozos sin fondo donde se conjuntan los hoyos negros de cada existencia.

En esta esencia del placer al conocimiento, de su acercamiento solemne y grácil al sonido aletargado de quien hace de su camino filosofía y por lo tanto, plenitud, Ramiro Rodríguez exhala:

“Yo he visto lo que he visto

sobre la tierra, yo he visto lo que nadie,

la oxidación de tijeras que cortan el sueño,

los puñales mortales de la furia,

imágenes que tiemblan bajo los astros”.

(Poema “Sobre la memoria”)

Poeta visionario, sin los disfraces de los hacedores de versos de un realismo mágico calcado en Comala para sobresalir, Ramiro Rodríguez desnuda las metáforas del atavismo grandilocuente y propone su filosofía personal cercana a su origen, allí donde se incuban los hechos y las palabras, allá donde el espíritu abreva y desciende su aliento creativo, a ras de tierra, sin temor a equivocar una expresión que delate una falsa posición ante el hecho creativo; por el contrario, reafirma el ímpetu, la sonoridad, la historia, el soplo de los profundos poetas, la invisible imagen de los espacios y los tiempos para construir la geografía de un cuerpo apetecido por los amantes de los sueños y deletrearlo y desintoxicarse de falsos paraísos conociendo de frente las rebanadas de una realidad exquisita.

La geografía y el sueño, Geografía del sueño, cuerpo verbal hecho de tierra, utopías para quien desconoce la cercanía consigo mismo y la comunión con las y los otros, veredas, turbulencia de las espumas, aromas, ceniza blanqueada, insomnio en el limbo de la transparencia, pulsar el corazón de alguien más, intermitencia de los rezos tatuados mientras el sueño crucifica las imágenes y los razonamientos. Dice el poeta:

“Los golpes se asoman por las ventanas,

espían a las personas en sus recámaras,

encuentran contornos en las paredes,

se reflejan en espejos vacíos, repetición

de tatuajes como hormigas en las puertas”.

(Poema “Golpes”).

Golpes de un sueño marchando a través de la geografía de un cuerpo, obra poética que, en su vestimenta surrealista, configurando el pensamiento lógico, nos deja ver las mil caras de la cotidianeidad con lucidez y claridad, con la maestría y sencillez de quien se sabe puesto en el mundo para rememorar las experiencias y abordarlas en la entrega diurna del vuelo de la memoria.

En Ramiro Rodríguez se asoma la paciencia del labrador y el explorador intermitente, el oficio del escritor prolífico en su búsqueda perenne de tierras vocabulares que confrontar. Dice Michel de Montaigne: “La experiencia me ha  enseñado que la impaciencia nos arruina”. (3)  Rodríguez conoce la cartografía para asumir el crecimiento del follaje de un libro salpicado de semillas condensadas de religiosidad, o mejor dicho, de religar la geografía de lo vivido para acechar la conciencia poética de lo que late y ensoñar con placidez las creencias familiares, esas, las que cimientan un aliento carnal, él lo sabe, que nos seguirán en la búsqueda de una utopía. Experiencia y memoria no siempre se corresponden.

El ser humano es en sí mismo experiencia, en cada acto significa su quehacer; sin embargo, dependiendo de la sensibilidad y puesta en escena, lo muestra o lo guarda en su faltriquera emocional. Algunas veces el exceso de una experiencia sobresaliente lo incita a socializarla en demasía dando fruto a un narcisismo que enmascara el hecho real y, en este sentido, la memoria atesora las experiencias que el sujeto prefiere poner a disposición de las relaciones sociales, las filtra.

En Geografía del sueño el poeta Ramiro Rodríguez, pausadamente…

“Se desintegra como humo

en el naufragio de las palabras”.

(Poema “Origen”)

“Al extinguirse el aliento del coloquio

[cuando se aletargan los labios]

me asomo al túnel de espejos rotos;

ahí aparecen imágenes en los ojos,

nacen discursos en la memoria,

sombras que se impregnan de máscaras”.

(Poema “Rutina”)

“Cuando cierro mis ojos

cada noche, muero pensando

en las máscaras del olvido,

muero en la orfandad que hereda

la memoria, muero como insecto

sin alas en la almohada”.

(Poema “Limbo”)

“Las beatas son fantasmas…

[rostros agrietados por haces de lujuria,

ahogados en la superficie roja

del desenfreno]…

salen por el pórtico de la iglesia…

no contentas

con la elocuencia del sacerdote”.

(Poema “Beatas”)

El poeta no sabe de amnesia, rememorando se desintegra en el chasquido de la lingüística pegada a su piel y se asoma para mirarse en el cónclave de espejos rotos, úteros del verso desnudo, sin miedo a la muerte, nos recuerda Cicerón, disfruta el vivir, la memoria lo despoja de un rincón para guarecerse y él prefiere rememorar la experiencia del abrazo lúdico de quien reza, mira y se ofrece a Dios… “para expiar sus culpas”. (Poema “Beatas”). Recuerda George Bataille: “El erotismo es lo que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser”. (4) Con Ramiro Rodríguez, el sueño sueña la experiencia de un poeta que se desdobla para mirar la memoria.

No hay memoria sin erotismo, no hay experiencia erótica sin haber trascendido los escarceos religiosos, el silencio, el bisbiseo y la relajación que otorga la angustia de expulsar esa lava blanca como espuma, de haber vivido el sueño de hacer la crónica de la memoria histórica de una geografía en el devenir de la vida, en la intermitencia de la “Desnudez sobre sábanas, / intermitencia de peces en el vientre / como vastedad de espuma, / esta noche dos cuerpos desgastados / se condensan sobre la cama, / orgasmos a intemperie, / disolución, calentura en la geografía / del sueño”. (Poema “Intermitencia”).

Sin temor a equivocarme, ya estamos, a partir de la poesía de Ramiro Rodríguez, poeta que nos acerca “a los laberintos vertiginosos del sueño” tocando las imágenes de la geografía, trasladándonos de la memoria al sueño, de las palabras a la disrupción de lo concreto.


Citas: 

1. Montaigne, Michel de. De la experiencia y otros ensayos. Ed. Arane. México, 2012, p.7.

2. Blake, William. Poesía completa. Edicomunicación. México, 1999, p. 241.

3. Montaigne, Michel de. De la experiencia y otros ensayos. ED. Arane. México, 2012, p. 78.

4. Bataille, George. El erotismo. Ed. TusQuets. México, 2021, p. 33. 

15 de diciembre de 2017

Algo sobre Partituras de insomnio

Algo sobre Partituras de insomnio (ALJA Ediciones, 2016) de Ramiro Rodríguez

Por Elías David.

Conocemos a Ramiro Rodríguez el maestro, el editor y el poeta. A veces lo conocemos solamente en una de estas tres funciones que desempeña, pero si queremos conocerlo en las tres al mismo tiempo, Partituras de insomnio/ Scores from Insomnia es una excelente forma para hacerlo, para conocer sus inquietudes, sus desvelos, su pensamiento poético y las influencias que le han enseñado a dominar su orfebrería. 

Como si en la noche se convirtiera, Ramiro explora con una mirada inquisitiva, observadora de los restos del día, las relaciones que durante éste se trazan, el amor, la pareja, la ciudad, la creación poética. Si de algo va a servir el insomnio será para recuperarse a uno mismo tras las responsabilidades, la jornada que tanto ayuda a subsistir como sofoca con su calor solar, su viento marino, sus calles. Pero todo esto es herramienta poética. Wittgenstein decía que no hay mundo sin lenguaje; Ramiro Rodríguez tiene tanto mundo como su maestría le permite dominar el idioma para retratar la noche, no está quieto en un solo lugar; él, como noche, mira toda la noche, o toda una ciudad, para no sonar extremista; sus ciudades, las que él conoce, en las que habita y lo habitan a él. 

Partituras de insomnio/ Scores from Insomnia es un libro conformado por tres poemas; en el primero, titulado "Espejos", Ramiro explora su noche, su casa, su cuerpo hecho de dos a veces, se alcanza a ver una influencia de Paz y su libro Ladera Este, por su forma de abordar el erotismo, por ejemplo: “Bajas como deidad / sin labios ni lengua (deidad en la memoria / de eventos pasados) a un territorio poblado / de moluscos: por conjuro, baja la marea”. Y en “Se deletrea tu nombre en la arena, / embarcación que navega en favor del viento, / tu nombre de semillas y de polvo, / pezones incrustados en la brisa, / labios que se rompen en la ferocidad de la marea. / La sal (llovizna en el oleaje, / vaho en la memoria)”. Ramiro nombra al amor sin miedo, en tiempos donde se busca dejar de ver el cuerpo femenino como un objeto, él objetifica al amor, no a la mujer, su cuerpo del deseo es el amor vuelto mujer sin buscar otras palabras más que las que sus ojos ven, porque en la oscuridad de la noche, el amor nos hace ver todo un mundo o todo el mundo es el amor resumido en una sola noche, en un solo cuerpo luego traducido a los versos que lo volverán eterno. 

El segundo poema, "Urbano", como su nombre lo dice, es un paseo por la ciudad de noche, los fantasmas del día, los restos del pulso citadino, las calles solitarias, las paredes con ecos escritos como pruebas de que entre esas cuadras vive gente, que bajo esas palmeras los pasos resuenan aún y hay un ojo, una mirada que los retrata, los interpreta, e incluso la diagnostica (a la ciudad), le dicta su enfermedad, enferma de soledad, de hipertensión, de falta de poesía, pero para eso existen autores como Ramiro Rodríguez, para curarla con textos donde el ciudadano de a pie se identifique y, quizá, se autorrecete unas buenas dosis de poesía, de literatura, de sensibilidad. 

El tercer poema, "Nociones de insomnio", acaso pelea con el primero para volverse el más íntimo del libro, pero le gana con versos como los siguientes: “El dinero / en mis bolsillos no es suficiente / para comprar heces / de creatividad. / Noción de comercio. / Para encontrar / la revelación en tu cuerpo / de diosas, no hacen falta monedas / en mis bolsillos, / sólo palabras”. Cómo el poeta dice no poder encontrar palabras, cómo llega a la imposibilidad que a veces asalta al autor para retratar con el lenguaje, pero al mismo tiempo menciona este ciclo eterno de escritura e impotencia de lograr la captura de la musa en versos. No halla palabras, ni comprándolas, pero no necesita dinero, la necesita a ella a quien le basta con palabras para encontrarla, las mismas palabras que no halla ni comprándolas. Acaso la realización del poema se ha hecho carne y hueso y camina a su lado, por eso ya no es poema, sino verbo hecho carne. 

Quien haya leído a Ramiro Rodríguez sabe lo que va a encontrar en sus versos, sus metáforas, sus recursos literarios a los que dobla y desdobla a placer; quien lo haya leído antes sabe que en un libro de Ramiro Rodríguez confluyen el maestro, el editor y el poeta. Porque no son versos tirados al azar, son frases estructuradas, vocabulario elegido con pinzas, imágenes podadas a la perfección para decir lo que se quiere, o hacer sentir lo que se busca hacer sentir. Nada se pierde en sus versos, nada sobra, solamente se añade lo que el lector encuentre desde esa íntima y personal forma que tiene la poesía de significar algo único para cada quien: La lectura. 

29 de marzo de 2014

Un Cuerpo


"sin oírme, oyendo lo que digo
con los ojos abiertos hacia dentro"
Octavio Paz

Por la noche llegamos al umbral
oímos el concierto de nuestros dedos (1)
nuestros ojos hablan a la luz de una vela  (2)
no existe la transparencia de las aves
la perpetuidad de actos en el espejo (1)
sólo somos nosotros
ésos que a ratos se olvidan del mundo (2)
por la noche nos trituramos de verbos
renacemos como Dios nos trajo al mundo (1)
nos fundimos en silencio que derrama
la voracidad de nuestra piel (2)
entonces reconocemos la materia que somos
la fijeza de los astros en los ojos (1)
sanamos heridas con besos sin espinas
volvemos a ser un cuerpo. (2)

Autores:  (1) Ramiro Rodríguez, (2) NoraIliana Esparza M

18 de enero de 2013

Ritual De La Tierra de Ramiro Rodríguez


Por Alixia Mexa


“Yo no sé si mis ancestros viven / si caminan por el viento como pájaros vacíos / como tatuajes en la noche / si algo de ellos queda entre mis manos secas / si soy la semilla fértil de mis dioses / yo no sé.” (Fragmentos, pág. 120)

Nosotros, en realidad, no sabemos nada del mundo. Yo no sabía un tanto del interior de este poeta, me refiero a un saber palpable de su universo íntimo. De su legibilidad, de su ubicación, de su imagen tenía algo; y quise conocerlo más, entonces empecé a intentar destejer su palabra, a introducirme en su laberinto filosófico para descubrir un poco del misterio siempre presente en la poesía. Su verbo fue descendiendo a mi interior lenta, paulatinamente, en Ritual de la tierra, para reconocer estrellas incrustadas en su memoria como “Angahuan” o “Bagdad”, “Naranja”, creaciones del mencionado Ritual.

El tiempo es aliado de lo perfecto, de lo que tiene que suceder y embona todos los escaques sin forma del cosmos para revertirlo sobre la memoria que espera, y que a la postre, se convierte en espiral de la cosmogonía personal. Los textos de Ramiro aprisionan una sed inexplicable de saber, conocer, pensar. Su estructura es fuerte y suave. Su semántica arroja colores naranja, olores de uvas, de tierra, ligeramente erotizados; este deslizamiento de los sentidos hacia su yo primario, que el espejo que antepone hace que se ejecuten en una sintaxis, al parecer, lógica, de la que emana un tono suave y sereno, a la vez denso y vigoroso, y a veces pleno, inacautable, para regocijarnos en su lengua. Sí, he dicho en su lengua, no en su lenguaje, su lengua habitable por trinos de pájaros y plumajes. El símbolo vibra en sus cuerdas vocales y parece que la marea es su sangre, la que cruza su eco silencioso para realimentarlo con la voz de sus ancestros, quienes lo atrapan y lo visten para presentarlo a sus dioses; pero su duda es válida, él no lo sabe, acaso lo siente, pero realmente, ¿lo sabe? No lo sé.

Pragmáticamente, la rosa de los vientos invisible señala el oriente, un oriente predestinado a la creación y a la recolección del fruto. El sabor agradable y elocuente que deriva de esa colecta individual que todo lo transforma, esa magia incomparable de la transición de las palabras, ese dolor mutante, no creo que pueda ser transferible a través de mis palabras. Habrá que leer Ritual de la tierra, no para saberlo, para experimentarlo, para olerlo e intentar desentrañar su misterio. El poeta invita a viajar al interior de su propia tierra, a hacernos uno en una inusual introspección a su muerte, a su origen, a su sal; dispone de estos cuatro elementos para dispersar su palabra y poblarla de todas las cosas que puede contener no sólo en su gramática, rompe artísticamente su estructura, la renueva poéticamente con un sello creativo, frondoso y dúctil, difícil de describir; además, sus palabras van más allá de la colección de un poemario dividido en cuatro secciones; por eso, porque es misterio suscrito, puede volar más allá de lo material y sólo mediante su captura se puede encontrar y distinguir el néctar para beberlo, disfrutarlo e instalarlo en nuestra memoria. Ahora puedo decir, que he empezado a conocer al hombre, al ave, al poeta que habita en el ritual de su propia creencia; que he recorrido uno de sus caminos.



Rodríguez, Ramiro. Ritual de la tierra. ALJA Ediciones, 2012.

3 de enero de 2013

Lluvia


Lluvia lluvia lluvia tres veces lluvia (1)
te invoco desde mi desierto diez veces desierto (2)
desde mi sed diez veces sed (1)
desde lo diezmado de mis adentros (2)
Refractas con rostros múltiples la humedad (1)
y en la cercanía carcomes mi silencio (2)
Llegas con lenguas abstractas hasta mi lengua (1)
Diseminas claridad hasta el punto más recóndito (2)
Reinicias el ciclo de nuestros nombres. (1)

Autores:
(1) Ramiro Rodríguez
(2) Carlos Acosta

Imagen: www.realidad24.com