20 de julio de 2014

Ramiro y la alquimia de la palabra


Por Marisol Vera Guerra

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 
pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias. 
Kavafis

Cuando pienso en el panorama de la poesía tamaulipeca contemporánea, no puedo pasar por alto la labor constante, comprometida y cuidadosa de Ramiro Rodríguez, originario de Nuevo Laredo (1966), incansable explorador de las letras, radicado en Matamoros.

Lo conocí en 2009, en el marco del primer encuentro de escritores Los Santos Días de la Poesía, iniciativa de Celeste Alba Iris que, contra viento y marea, ha permanecido en el estado y ya se decanta por una sexta edición. Cordial y de mirada afable, Ramiro me pareció de esas personas con quienes es fácil llevarse bien, y no me equivoqué. A lo largo de estos años lo he visto coordinar diversos proyectos, publicar obra propia y compilar a otros autores (especialmente tamaulipecos), diría, de manera casi compulsiva.

Con el respaldo de una licenciatura en Lengua y Literatura Españolas y una Maestría en Letras Hispánicas (por UTB/TSC), Ramiro ha coordinado desde 2002 el Congreso Binacional, Letras en el Estuario. Preside el Ateneo Literario José Arrese de Matamoros y, a través de Alja Ediciones, ofrece sus servicios editoriales para materializar ese sueño tan perseguido por los amantes de la escritura: su propio libro.

Entre los premios obtenidos por su labor creativa se encuentran el Estatal de Poesía del ITCA, y el Premio Estatal de Poesía Altaír Tejeda de Tamez, ambos recibidos en 2008.

¿Acaso hacer una breve semblanza puede darnos la idea certera de quién es el hombre que se encuentra ante nosotros esta noche?

Leer a Ramiro Rodríguez me conduce, irremediablemente, hacia Octavio Paz; no lo sé de cierto, pero casi puedo jurar que éste ha sido durante años asiduo lector del Nobel mexicano.

Porque en él ciertas lecturas son transparentes, permean el texto como una lluvia.

Casi puedo ver al viejo Withman, al fondo de la página, saludándome con el sombrero en la mano al arribar a los “mares de opulencia”: cuando mordemos el fruto / fundamos las bendiciones de nuestra especie.

Veo a Ulises navegar por el vinoso Ponto, en busca de su patria, con la misma ansiedad que Ramiro busca el sentido del poema, porque en el poema está la esencia de la vida, el Logos misterioso que nos hizo eclosionar sobre la Tierra: plantas, hombres y piedras; peces, mares y lenguajes.

Encuentro también a Quevedo, camuflado en volátil imagen, su amor constante que trasciende a la muerte aquí, en este espacio, ablanda los huesos, / cardumen imaginario que se desplaza en oleaje violento / para petrificar en el sueño.

Y escucho a Quetzalcóatl, el numen fundador de la sabiduría en Mesoamérica, el hombre sacerdote que se espanta frente a la imagen de su propio rostro, del mismo modo que el poeta cuando dice: Soy el hombre-dios que se contempla / en la geografía luminosa del espejo: la idea se tatúa / detrás de mis ojos.

Hay en todos estos versos un retorno a las preguntas esenciales de la filosofía y del arte, ¿quién soy?, ¿cuál es nuestro destino?, interrogantes que no aspiran a ser respondidas sino a volar alto, desde el vientre de una madre-niña que corre por la sierra hasta el concierto vibratorio de las estrellas.

La búsqueda del conocimiento oculto bajo los signos, la pulsión entre el silencio y la creación, lo inasible que escapa al entendimiento y sin embargo entra en el organismo como un río, toda esta inquietud fluye en los versos de Transmutación, poemario que desde el título se anuncia como una serie de revelaciones, ¿de qué?, tal vez de esa divinidad negada en nuestra época. Porque Ramiro es de estos seres que aún creen en el misterio, para quienes el universo no está explicado por más que la tecnología despunte, de aquéllos que cantan:

Nosotros
–los hombres que vagamos, pájaros desorientados,
por el mundo–
bebemos los vinos exquisitos: extractos de Dios.



“La Metáfora –dice el historiador Enrique Florescano– es la expresión preferida del lenguaje religioso y poético […] La metáfora ha sido el conducto idóneo para aproximarnos a la misteriosa sustancia de que están hechos los dioses”.

Ramiro asume esta premisa, la hace un código vital que rige su escritura. Comprende que la poesía es el medio para hablar con los dioses, tal como creían los antiguos poetas del Anáhuac, tal como sabían los escribas del antiguo Egipto cuando trasladaban al papiro las enseñanzas de Hermes Trimegisto.

Pero, ¿a cuáles dioses invoca el poeta? ¿A los númenes perdidos en el caudal de eones, cuyos nombres hemos extraviado?, ¿a los que subyacen a nuestra consciencia de hombres y mujeres civilizados?   

Somos revelación de dioses desnudos,
teorema novedoso en la espesura del lenguaje matemático,
umbral luminoso de una casa llena de insectos
donde convergen –como amantes–
esencia y forma.


Escucho entre líneas ecos de Platón y de Arquímedes, de San Juan de la Cruz y de sor Juana, cuando Ramiro, igual que sus lectores, se sorprende con la metamorfosis del discurso que habita bajo la lengua.
Y al final retornamos a las preguntas que acaso nos recibieron al llegar a este recinto, ¿quién es la persona detrás del escritor?, ¿cómo es su vida?

Paz dice que la lectura de un solo poema nos revelará con mayor certeza que cualquier investigación histórica o filológica qué es la poesía, así, pienso que la lectura de un solo poema de este libro te dirá a ti, lector, quién es Ramiro Rodríguez, más que cualquier biografía.

Si deseas conocer al autor, ésta es la puerta.

29 de marzo de 2014

Un Cuerpo


"sin oírme, oyendo lo que digo
con los ojos abiertos hacia dentro"
Octavio Paz

Por la noche llegamos al umbral
oímos el concierto de nuestros dedos (1)
nuestros ojos hablan a la luz de una vela  (2)
no existe la transparencia de las aves
la perpetuidad de actos en el espejo (1)
sólo somos nosotros
ésos que a ratos se olvidan del mundo (2)
por la noche nos trituramos de verbos
renacemos como Dios nos trajo al mundo (1)
nos fundimos en silencio que derrama
la voracidad de nuestra piel (2)
entonces reconocemos la materia que somos
la fijeza de los astros en los ojos (1)
sanamos heridas con besos sin espinas
volvemos a ser un cuerpo. (2)

Autores:  (1) Ramiro Rodríguez, (2) NoraIliana Esparza M

9 de febrero de 2014

Reflexiones sobre Transmutación (ALJA, 2013)



(Imagen: Carlos Santibáñez Andonegui, Ramiro Rodríguez)


Ramiro Rodríguez, Transmutación, Poesía, imagen de portada Damián González, ALJA Ediciones, México, 2013. Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui.


¿Quién va a quedar en pie cuando aparezca?
(Malaquías 3, 1-4)

“Somos mentalmente permanentes”, reconocía Emily Dickinson: daba luz verde a la trascendencia sobre la inmanencia. No todo acaba aquí. “Nunca se puede decir de nosotros: está concluido”. ¿Sino pendiente? Dice Ramiro Rodríguez: “Depositamos semillas en páginas blancas con esperanza/ de cosechar frutos dulces”. Para el poeta que hoy nos ocupa, la Transmutación tiene lugar en lo que Nervo llamaba “el segundo hemisferio de la vida”, el sueño. El sueño es opulencia. De ahí el nombre de la primera sección del poemario: “Mares de opulencia”. En el sueño, uno se siente a sus anchas: “Somos peces desnudos en mares de opulencia”. En el sueño, se le habla al mundo con lengua propia. Y el mensajeo entre el ser y la nada empieza a transmutar…

Antes de entrar en él, hay casi siempre un crepúsculo en que el día rinde sus frutos: “prolongación de la sangre en la memoria al ahogarse el sol que anuncia el otoño”. Va el poeta, por su cuota de gloria, a descubrir qué ocurre en el sueño: “El universo se rejuvenece en labios de leyenda,/ se dispersa sobre la tierra adonde llegan —para morir— los dioses”.


SOLDADOS EN ESPERA DE LA ORDEN

El sueño atrapa, establece su lógica, su electricidad: “Hay líneas verticales en los senos de la tierra,/ signos que unen extremos para formar grafías dispersas,/ soldados en espera de la orden”.

¿Y detrás de esa orden, qué hay? Amor, infinito amor que nos ha creado y entiende de huesos, para él su dureza es sólo aparente. Ramiro es de los poetas que si tuviera que definir la existencia lo haría de esta manera: “Somos amor constante que ablanda los huesos”. Hemos bajado a la tierra por mandato único, y como Ulises, somos guerreros que piensan su estrategia. 

Una mujer, la musa se presenta entonces cual “mensajera del verbo”. Otra mujer, la madre, es “bendición verbal para el cuerpo”. Nuestra palabra es bien intencionada, se parece a la miel que atrapa a los insectos. Es aquí que el creador entra en la legítima miel de la fábula:

“Nuestros mejores críticos son los insectos… que dicen mucho sin pronunciar palabras…// Si arriesgan sus alas/ permaneciendo cerca de palabras/ es porque hay néctar generoso que colma la sed,/ bálsamo irrepetible que concede el privilegio de la vida… Si se alejan… es porque el terreno es árido,/ porque no hay promesa de concesión de frutos”. Y concluye: “Debemos los hombres darle credibilidad a la función/ sensorial de los insectos”. 

La ficción poética trae asumido el legado del arte abstracto, pero sin la exageración que dio lugar al agotamiento de las vanguardias. Acotemos esto poéticamente: la vanguardia se agotó en su búsqueda hace mucho tiempo. Lo que Ramiro trata es de llegar a un punto conciliador, que tanta falta hace, entre el aporte indiscutible de la vanguardia que fue la novedad, la originalidad, y la demanda de los actuales públicos de poesía.

Entramos así a la segunda sección: “Espejos”, propuesta llena de rumbos interiores. Al desnudarse frente al espejo, el erotismo invade con fuerza: 

“Es el momento de pensarte desnuda,/ con tus senos de porcelana al viento, como en aquellas/ noches de Cancún: mi pene se endurece —sin objeciones—/ al recordar tus labios”.

“Los dioses que nos contemplan celebran actos como éste/ para no olvidarse de sus nombres de barro…”


QUÉ SON LAS PALABRAS

¿Y las palabras, qué son las palabras? “Hendiduras en viento húmedo con precisión de flechas”. La poesía es el libre juego de la imaginación dentro de ellas, “que desenfundan su espada de aire… desatan la charla con la sombra y le hurtan las alas al sueño”. 

Existe en Ramiro Rodríguez una interesante condición trashumante. Conoce y ha incursionado en la forma de ser y de pensar de dos países: México y Estados Unidos. Esto ha contribuido a su posibilidad de intentar con éxito uno de los números más codiciados en poesía, por lo escaso: el equilibrio.

Nació en Nuevo Laredo, (1966) es Licenciado en Lengua y Literatura Españolas y Maestro en Letras Hispánicas. Escribe poesía, cuento y ensayo. Es grato saber que existe en nuestro medio, quien entiende la lucha de los mexicanos en sus hondos abismos y contrastes, lo mismo que la lucha de los estamentos sociales de la América del Norte. Porque vive aquí y allá, y en los dos lados lo hace bien. Esto entre otras cosas ha facilitado su condición de editor. Las ganas de saber, en él se compaginan con las ganas de ayudar a quien se deje ayudar. Coordina desde 2002 el Congreso Binacional “Letras en el Estuario”. Hemos leído colaboraciones suyas en el periódico El Bravo de Matamoros, en la Revista Fronteras de CONACULTA y en la Revista de la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Hace poco se sometió a la tortuosa experiencia de ser mi alumno en un curso de poesía intensiva. Yo sabía que estaba frente a un miembro del consejo editorial de la revista literaria Novosantanderino, quien había ya obtenido ya el Premio Estatal de Poesía Tamaulipas y el Premio Estatal de Poesía “Altaír Tejeda de Tamez” en 2008. Mas eso no lo hacía diferente a los demás. Los alumnos en cuanto tal, todos son iguales y así debe ser. Pero también es válido aprender en sus textos, como los que se incluyen en diversas antologías y revistas, tales como Voces desde el Casamata (ALJA, 2010), Sueños al viento (Cofradía de Coyotes, 2010) y Cuando la piel canta (Cofradía de Coyotes, 2011), antología esta última en donde tuve el gusto de ser su compañero.

Se percibe en él cierta hermandad cuando conoces al Ramiro compilador. ¿Verdad que uno no puede dejar de ser compilador? Es ahí donde digo que ante el mundo actual, no se puede seguir sosteniendo absurdamente la vanidad de un arte individual. Pero esto lo refiero al hecho de compilar, a aplaudir en conjunto, no a mezclar o revolver poemas que pierdan su autoría, no creo en eso de que la poesía sea de quien la use, excepto en el slam y en la improvisación artística declamatoria donde los créditos vendrán después. Compilando a su gente, la de Ramiro ha sido labor social neta, como en: Veinte años de poesía en Matamoros 1977-1997 (1998), Matamoros Literario 2002 (2003), Letras en el estuario (ALJA, 2008), Río Bravo / Río Grande (ALJA, 2012), Palabra de poeta (ALJA, 2012) y Brevedad urbana (ALJA, 2012). Siendo autor por sí mismo, en poesía, de Defragmentación poética (ITCA, 2007) y (ALJA, 2012), Cosmogonía de la palabra (ALJA, 2008), Íngrima la ciudad (ITCA/CONACULTA, 2011), Ritual de la tierra (ALJA, 2012), Tierra de sed perpetua (ALJA, 2012), Moros en la costa (Obra selecta 1992-2002) (ALJA, 2012), Poemas a propósito (ALJA, 2012), Destiempo (ALJA, 2012), Minitatuajes (ALJA, 2012), Pasión de Eneas (ALJA, 2012), Claustros (ALJA, 2012) Bagdad (ALJA, 2012) y Perros nocturnos (Obra selecta 2003-2012) (ALJA, 2012). En relato, ha desarrollado, Sin oficio ni beneficio (ALJA, 2012) e Inminencia del ayer (ALJA, 2012). En teatro, Maridos maltratados (ALJA, 2013). Ventanas siderales (ALJA, 2012) es una compilación de textos diversos publicados en diversos medios.

¿Qué me une al quehacer poético de este intenso creador? Me parece que ambos estamos de regreso. Me explicaré. Pienso que la ruptura con lo tradicional que acaparó el abstraccionismo fue tal, que ha dejado sus huellas en forma perenne en literatura. Nunca como después del surrealismo nos es claro que la novedad se reconoce como parte de la obra de arte. Mas no su exageración. Porque fue la novedad llevada al extremo lo que causó el agotamiento de lo abstracto, que a querer o no, todavía a nuestras generaciones se le sigue cuarteando entre las manos. El surrealismo está aquí y tal vez lo esté siempre pero diferente, porque el desiderátum es otro: el regreso. Estamos de regreso a los valores. Por eso dice Ramiro: “Soy parte activa del universo, trazo luminoso que entra como relámpago en los espejos”. Y llama la tercera sección del libro que nos ocupa: Transmutación. Es un paso adelante después de un aparente paso hacia atrás.

Ramiro da un paso adelante en este aparentemente volver atrás, que se ha vivido en poesía al abandonar lo abstracto como desiderátum, y volver a valores tradicionales, pero en realidad es reconocerse, alejarse de la toxicidad gratuita o rebelde a ultranza. “Nos reconocemos en aquéllos que fuimos”, dice Ramiro. “Leemos un libro de suspiros entrecortados”, “Bebemos el Cantar de los Cantares”. Pero nuestra agitación es distinta. La vanguardia se agotó. Se superaron los impulsos de originalidad superflua o gratuita. Atrás quedaron los grandes años del rock’n roll. Lo tóxico intoxica, eso lo resume todo. 

Todavía a nuestras generaciones les tocó vivir ese estremecimiento. Se suponía que lo abstracto estaba agotado pero aun no era cierto. Su efecto había sido exactamente igual que una droga opiácea. Todavía se prefería la originalidad sobre la perfección, o más bien, en lo original estaba lo perfecto de este arte. Pero la novedad punzante creó adicción y cobró caro su veneno. Se requería una dosis cada vez más alta de extravagancias. Recuerdo que una vez Dalí se dio el lujo de entrar acompañado de varios simpáticos animalitos al estreno de una exposición. Cualquiera con una fortuna (vaya si es terrible esta fórmula: no cualquiera tiene una fortuna, ¿verdad?) es capaz de efectuar las audacias más grandes y que se las aplaudan pero una cosa es cierta: ese arte ya no corresponde tanto a las necesidades de la gente. Tal vez se me argumente que Breton no fue tan popular como llegó a creerse, mas si se lleva a las masas a una extenuación, el remordimiento es quien gana adeptos, y más que aquel antiguo y sano: “¡imaginistas del mundo, uníos!”, lo que la masa quería era el regreso.

Con Ramiro y con tantos, estamos de regreso. “Somos trashumantes que enfrentan sus rostros/ en la línea del fuego”. Es el regreso a los valores. Ya a fines del siglo pasado, se estaba regresando después de la posmodernidad pero todavía no a los valores, sino a la verdad cerebral; no se quería que los ojos llegaran hasta el sol, sino la meditada expresión de Bécquer cuando advertía: “Hoy llega al fondo de mi alma el sol”. Esa alma que había pasado por las tribulaciones de la verdad, estaba de regreso. Ese sol que era aún como quería nuestro Paz un “alto grito amarillo”, ahora más suavemente como él lo advirtiera, se volvía el “caliente surtidor en el centro de un cielo imparcial y benéfico”. No el sol negro que habían pretendido los nazis. Y aún no el sol que oculta al sol, con que amenaza el futuro en las predicciones de guerras internas alrededor de lo eterno: el culto sagrado. La vanguardia tomó entonces sus cosas y se marchó, se empezó a ir, dejando lo de veras novedoso que fue el incorporar la búsqueda de lo original y la gracia de lo estrambótico al arte general; después de ella nada que se preciara de arte volvería a ser igual, pero tampoco la exageración de lo mismo, y pasó a ocupar su lugar con aquel pensamiento maravilloso de Cocteau que bien podría servirle a lo abstracto de epitafio o de leyenda: “Yo soy una mentira que dice la verdad”. 

“Nos acompaña un sol detrás del pecho —dice Ramiro— con la devoción humana que invade a los insurrectos”.

Nuestra generación tenía cuando menos dos caminos: uno la abstracción a fuerzas. Sin dar pistas. Es lo que ocurre todavía cuando hago una metáfora donde junto pájaros y piedras sin decir “agua va”, o apenas citando al agua como mediadora entre unas y otros. La van a beber mis amigos, un breve grupo al que también le voy a contar que tengo una casa hermosa, a la orilla del mar, y a lo mejor me la dejó construir la autoridad aun en contra de lo permitido, y la fui poniendo divina con miles de implementos, y le puse nombre de corriente literaria, la bauticé con mi lema preferido: Calidad Literaria, mis amigos dijeron que estaba bien y se iban a pasar ahí las vacaciones, los puentes, su año sabático. Era mi casa de playa, léase “calidad”, el ingrato concepto de “calidad” literaria pero el problema es que en medio de toda esa belleza que creía haber logrado, va a llegar un tsunami y de un plumazo me la va a derribar. Y el que se vaya conmigo se va a ahogar, así parezca que me sustenta la Academia, el palmito, el colegio de México. Jamás seré realmente leído como poeta en el mundo, porque así pasa a los que hacen brotar pájaros abruptamente de piedras por más que los pinten de colores hermosos, azules o verdes, sin valerse del retorno de lo figurativo que vuelve por sus fueros. Quienes actúan así cometen un error: se olvidan del referente epocal. El precio de la fama es que los van a disfrutar sus amigos, podrán aderezarlo con ricos ensayos, y los van a comprar como ensayistas pero jamás tendrán acceso al verdadero mercado internacional de la poesía, que sí existe por cierto, donde la gente los asumirá como personas pesadas frente a cuyos poemas simple y sencillamente esgrimirán: “no comprendo, no sé de qué me está hablando”; y en el otro extremo, precisamente, está el mercado, que no por hablar más fuerte tiene mejores razones, sino al contrario, el mercado con su enorme riesgo de prostituirlo todo. El mercado por cierto era el otro camino de mi generación. Pocos, como Ramiro, recordaron el refrán caucásico: “Dos tontos hay en el mercado, el que pregunta poco y el que pregunta demasiado”.

Porque después de todo, como escribió Amado Nervo, bástele a cada día su propio afán. Es decir, el verdadero camino no es la incertidumbre, lo fue, lo acaba de ser pero ahora empieza a ser el equilibrio entre lo que la gente tiene derecho a oír, aunque no sea “tan cultural”, y la cultura tiene derecho de exigir aunque no sea “tan comercial”. Un poeta que lo logra: Ramiro Rodríguez; revela que la transmutación del sueño equivale a la “conmemoración colectiva del tacto”. El sueño y su función de abrigar. Sueño que va hasta el origen, que no niega a los padres. Que no se goza diciendo ojalá se mueran, o mírenme no siento nada ante el sepelio de mi madre, o las madres son unas brujas. Ni nada por el estilo.


EL PADRE SE IDENTIFICA A LA BÚSQUEDA DE LO ABSOLUTO

¿Cómo actúa en nosotros la energía? Nos hace de la familia. Al poeta Ramiro Rodríguez cupo en suerte ser amado por su padre que era un perdido enamorado de mujeres además de su esposa, era lo que se suele ser en esos casos, un “hijastro perpetuo de la soledad”, pero en el fondo sufría. Entonces reconoce Ramiro: “A pesar de todos los incendios inexplicables/ en el cuerpo de mi padre, de todas las fracturas marcadas/ en su rostro, lo amé como su hijo predilecto”. En este tipo de identificaciones “de hombre a hombre”, (críticas a convencionalismos aparte) la poesía arriba a conclusiones como ésta: “Puedo decir que amé a mi padre como su único hijo,/ aunque no fuera el unigénito, aunque hubiera otros hijos/ olvidados en hogares distintos”. 

Es por este camino que al llegar a la madurez, el poeta lanza su aserto definitivo: “Hoy entiendo que los hijos somos oxidación balsámica,/ calcio indisoluble en los huesos de los padres”.


“PURA YEMA INFANTIL INNUMERABLE: MADRE” (César Vallejo)

Magia de la energía, el ser humano se enaltece como hijo de padre y madre que es, dichoso quien ha abrevado en estos delicados amores diferentes, riqueza viva: “Mi madre le corta suspiros a la nostalgia… me enredo en los caireles de su nombre,/ pendo de sus pestañas mientras observa los nísperos/ en su exquisitez de siglos.// Corta un racimo completo,/ despoja al fruto de su cáscara amarilla, extrae semillas/ de perpetuidad.// Mi madre me amamanta en la sombra/ —como cada tarde—/ con la leche del fruto, con el bálsamo agridulce/ de los nísperos.// Después de guardar sus alas durante años,/ águila que vuela en el fondo de mis ojos, permanece fresca/ entre mis brazos”. 

Cuando sacuden las alturas poéticas, invitan a más, nos dejan aptos para entender nociones como la de madre: materia memorable en la pared de la conciencia. Así es como se acuña este fragmento que irreversiblemente sabe a Berceo:

“Mi madre llena los odres de la vida con el dulzor/ reservado por vinos añejos, con el néctar que se destina para dioses…”

Se abren las cortinas verdes del escenario y de pronto es la madre. La madre eterna, madre que pernocta en hojarasca. Aquélla que se trae en la sangre y se extiende en el tiempo como rosa de Castilla. Son sus manos, que se alzan para tocar rayos de sol, su abrazo que regala a los hijos del sol, el Universo. Su voz es un rumor que baja de montañas lejanas. Y uno viene de regreso al valor de ser hijo, saberse hijo, sentirse hijo, en un día caluroso en un pueblo dormido, desde el ángulo central del mediodía. Y uno vuelve a creer en el amor, con su llorar ojos adentro, desde su origen de barro, desde el “fragmento del hombre que soy”, para tener el pulso de escribir: “Veo a mi madre sobre las cosas, en espacios de palabras,/ cuando la devoción por las personas vibra/ en el amor que nos llena de luces”. Bástele a cada día, su propio afán.

22 de septiembre de 2013

Eco del grito postergado



Ophir Alviárez (Caracas). Poeta y narradora. Colabora en varias páginas literarias y suplementos culturales, así como en la página "Sofía y Arabescos". En 2004 publicó el poemario Escaleno el triángulo y en 2010 Ordalia (o la pasión abreviada). Sus poemas se recogen en obras tales como la Antología de poesía y narrativa de la Asociación Casildense de Escritores (Argentina), V Antología de sensibilidades (España) y la Antología de poesía y narrativa de la Asociación de Escritores de Mérida (Venezuela).


CELOS

Despierta Drako su mítico ímpetu

Agónicas
coraza e inteligencia
se extinguen en las llamas

Es gusano de seda
en piel de serpiente

Es ingenuo cocuyo
con garras de águila

Sinuoso
el dragón me posee
subyuga y seduce

De Escaleno el triángulo (2004)



MALLEUS MALLEFICARUM

Resurreptas y tal vez resucitas
las pápulas sombrean al cascabel
apóstata recorres tus dominios
hay convivio de hembras
chicharrones es la orden
sal de tu concha y empieza a correr

Resurreptas y ya no resucitas



¿SELF SERVICES?

Llueve
Quizá los ángeles hacen el amor como dice Benedetti

Chorreo desbordado seno
pirañas y sierpes          acurruco

Hipo          manando hiel savia

Gotea la granada          falaz

                           pepitas sin lengua

                           (¿Self services?)



FUGA

En un eco del grito postergado
se escapó la palabra sin galope
y desde entonces
                habítame la ausencia con sus letras
                jugando al inconcluso crucigrama

De Ordalia (o la pasión abreviada) (2009)

28 de mayo de 2013

La poesía habita en las palabras


Palabra de poeta Antología de poesía sobre poesía, antologador Ramiro Rodríguez, ALJA Ediciones, 2012, imagen de portada: “Vendedora”, de Nora Iliana. Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui.

Nadie niega la existencia de fuerzas naturales o sobrenaturales, y aunque la poesía es, para muchos, el lugar idóneo para invocarlas, trabajos como el de Ramiro Rodríguez en su tarea de antologador de poesía sobre poesía, demuestra que, a fin de cuentas, la poesía, tal y como decía Mallarmé, se hace con palabras.

La palabra de poeta trae en sí misma el trabajo de “sufrir el pantano”, en tanto se adivina que hay abismos alrededor de la condición humana, tales como un antes, un después, que nos sacuden pero también un ahora que es lo único que tenemos para moldear; y de todo este compromiso, lo único en que el poeta puede afianzar su ser en el mundo, es la alegría de que su empeño nace y termina en la palabra. De ahí la importancia de pulirla, de adecuarla al conjunto, de hacerla brillar en un todo aplicable a la época y que la época adopta como suyo porque sabe que en el fondo, irán juntas, a resumirse en historia.

En el momento actual de la poesía mexicana, cobra vigencia una actitud ponderada, prudente, que se está dando en el Norte, concretamente en Nuevo Laredo, y otros lugares geográficamente relacionados, de entender el quehacer literario como un compromiso a librar entre dos extremos que lo condenan o lo salvan, según se guarde o no una distancia entre ellos: la entrega total a un desaliento por la inseguridad o desigualdad social, o su peligrosa negación en aras de un tramposo purismo.

Ramiro Rodríguez, escritor de poesía, cuento, ensayo, editor, nacido en Nuevo Laredo en 1966, toma como suyo este destino de búsqueda de un término medio: su ser es así, él mismo es así e invita con su entusiasta presencia, a quienes le conocen a darle su confianza para abrir caminos a la expresión literaria. Alianzas entre editoriales, reuniones de amigos, en fin, todo lo que haya que hacer con tal de que la poesía no se nos muera entre las manos. En días recientes recibió la medalla Filemón Salazar Jaramillo, de manos del Presidente Municipal Alfonso Sánchez Garza. Un justo reconocimiento para quien se ha desempeñado como miembro del Consejo Editorial de la revista literaria Novosantanderino, Premio Estatal de Poesía 2008 (ITCA) y el “Altaír Tejeda de Tamez”. (SET). Conozcan a Ramiro. Es el típico que no se desanima, que puede caerle encima una tormenta y sigue estando ahí. ¿De dónde su fe, sino de la palabra, el ser último, final, de la poesía?

Su obra se incluye en antologías como Voces desde el Casamata (2010) y Donde la piel canta publicada en la editorial Cofradía de Coyotes bajo la dirección de nuestro amigo Eduardo Villegas Guevara, a quien llamamos “el Coyote Mayor”. Compilador también, de Letras en el estuario (2008), ya que organiza desde 2001 el Congreso Binacional “Letras en el Estuario” y Río Bravo/ Río Grande (2012). En poesía, autor de Defragmentación poética (2007), Cosmogonía de la palabra (2008), Íngrima la ciudad (2011), Ritual de la tierra (2012), Tierra de sed perpetua (2012), Moros en la costa (Obra selecta 1992-2002) (2012), Poemas a propósito (2012), Destiempo (2012), Pasión de Eneas (2012) y Minitatuajes (2012).

Dice en “Coloquio Novembrino”: “Nos alimentamos de sonidos. Palabras de viento/ detrás de los párpados…” Hay, en efecto, un sitio que la poesía tiene reservado a quien comprende ese destino, más allá del reclamo estrepitoso, pero también lejos de la llamada “torre de marfil”, un lugar seguro para quien comprende que la noche lo alcanza pero no le alcanza, y así escribe: “La noción de la noche se colma de peces”. Expresa Gabriel Weisz en El juego viviente: “Cuando hay una fisura en el sentido, la palabra cobra un matiz circunvolutorio con resonancias en la emocionalidad. El sitio que ocupaba en el sentido es el asiento de una organización geométrica”. (1) Establece Ramiro: “¿Cómo entenderme en la geometría del verbo?/ ¿En el marco histórico de ideas que vibran?/ ¿En la estructura ósea del discurso?” Un consumado jugador de palabras, el estridentista Manuel Maples Arce, intuye algo que tiene que ver con el juego y en medio, un sacerdote: “termina el fresco en un bosque sagrado cuya impenetrable vegetación esconde el templo pagano que guarda la piedra monolítica, imagen y símbolo de los dioses legendarios. El último kahana, mitad sacerdote, mitad hechicero, observa en secreto los ritos casi olvidados”. Así se expresa al hablar de las pinturas murales de Jean Charlot (2). Ya Maples Arce había tenido la idea de la existencia como un sin número de “andamios interiores”, cierta simbología afecta al pirueteo mental de un Piranesi. Acá, dice Ramiro: “¿Cómo armar la urdimbre de andamios interiores?/ ¿Dónde la transverberación de la palabra?/ Soy un símbolo de mí mismo”.

El querido maestro Alejandro Rosales Lugo, honra esta antología con su poema “¨Paisaje amarillo”: “estoy frente a ti/ calcinado por tu piel arena/ herido por los espejos ocultos de tu cuerpo/ bajo la luz el polvo de la tierra de trigo/ también, frente a ti, el mediodía…”

Ya sabemos que Alejandro Rosales Lugo, pintor, poeta, maestro universitario, es dueño de esas claves ocultas entre la luminosidad y el amor, arte en que le iguala también, digámoslo con brío, el maestro José Antonio Navalón. Rosales ha publicado poemarios como Bicicleta de poesía o El paisaje del cuerpo, y es incluido en la Antología de Poesía Erótica Mexicana, de Enrique Jaramillo Levi.

Revisemos ahora lo plasmado por la poeta Norailiana Esparza Mandujano en su poema “Plastilina”, que da realce a esta antología: “Mi voz en manos del poema/ la acaricia/ la moldea/ se derrama en ella/ la esculpe/ la deforma…”

Pintora, narradora y poeta, Norailiana Esparza Mandujano es editora estrella de la revista literaria “Catarsis”. Su vocación lo cela todo, en su implacable escrutinio forjado en los talleres de la llorada Graciela González Blackaller y el aplaudido maestro Héctor Carreto. Podemos rastrear su huella en antologías como Apuntes desde Victoria, Aquella voz que germina, Voces del noreste (Instituto de Cultura de Durango). También en Sueños al viento, Donde la piel canta, Coyotes sin corazón, Caracoles Extraviados, Tren de la ausencia (Cofradía de Coyotes). Domina lo erótico a partir de esa noble función de quien todo lo intuye y lo trasciende, por examen literario de los hechos, más que por estarse en ellos: “Eres los versos que escribo/ cuando pienso en tu cuerpo”. Comprende que en el afán de asirse a la palabra, está el ser o no ser del poeta: “En tu gesto milenario/ palabra/ dibujas el poema”. Sólo así enfila al prodigio de las mutaciones: “Metáfora entintas mis labios/ con suaves matices/ cubres mi boca/ donde te balanceas/ cual columpio improvisado/ en Semana Santa”. Pero no la enturbia ni acomete el temor, cuando se trata de amar a un poeta: “Amo tus palabras/ cuando se desnudan/ ante mis ojos”.

En las paradojas del signo lingüístico, hemos de situar a Santiago Daydí-Tolson, cuyo poema “Algarabía del silencio” postula: “A pesar de todo hay que callar./ Callar./ Lo aconsejan a gritos/ Los poetas”. Por eso, en su “Casi poema”, se coloca a exacta distancia del miedo y el candor, para pedir: “eco de mí dime de mí mis voces”. El es un profesor a quien le ha tocado destacar en ambas lenguas, (español-inglés), con Voces y ecos en la poesía de José Angel Valente (Lincoln, Nebraska, Society of Spanish and Spanish American Studies, 1984), o El último viaje de Gabriela Mistral (Aconcagua Ediciones, Chile), así como la edición de la correspondencia entre Ernesto Cardenal y Thomas Merton (Madrid; Trotta, 2004), fundador de Labrapalabra, revista electrónica de creación literaria en castellano. 

Juan Antonio González Cantú, autor del cuentario Taxidermia en vivo, recogido en Antología canicular, (Campamocha, 2009), celebra el gozo semántico a modo de un “Vaso comunicante donde se anega/ la esperanza de decir: vivo”. Este profesor de traducción en la Universidad de Texas en Brownsville, va forjando de hito en hito su “Descreacionario”, en el cual ha muerto el dios de las palabras…

Aún quedan voces como Joaquín Peña Arana, por quien respira el mundo de la comunicación, que forma parte del Ateneo Literario José Arrese de Matamoros, y en “Translingual”, mágicamente señala: “Vives en E.U., dije yo./ Vivo en E.U., dijiste./ América es un continente, dije./ América es mi país, dijiste./ Hablé en español. Contestaste en inglés./ Y pese a todo lo anterior/ logramos entendernos”.

Otra de las luces que arroja esta antología es sobre diferencias prácticas entre poesía y prosa. La maestra Gloria Rodríguez, quien publica sus textos poéticos y ensayísticos en el sitio literario “Santuarios lejanos”, plasma mucho de esta diferencia que debería constituir tema de reflexión obligado a algunos de los autores de esta antología. Esta codiciada diferencia que es un poco como el dicho de Freud cuando advirtiera: “lo que se dice en broma, se dice en serio”. En poesía, las cosas no se van. Se quedan, no las arrastra el flujo de la narración. Se quedan, a veces por años, a veces, quizá, hasta la eternidad. Así Gloria Rodríguez cuando registrando una anécdota doliente, sentencia rápida: “No hay voces: / hay rostros paralizados”. Eso es exactamente, maestra, lo que pasa en la poesía. ¿Por qué? Será tal vez en aras de su poder de síntesis, de verificar, y lo primero que verifica automáticamente es la correspondencia entre fondo y forma. En la poesía hay una forma inseparable del fondo para decir las cosas. “Eres centro,/ ocaso,/ despertar de inviernos”. Dice Gloria en versos que saben a su nombre. “Ahí donde el atardecer/ esconde sus reflejos,/ donde las aves elevan al cielo una añoranza,/ donde los mares esconden lo no sabido/ y el tiempo se convierte en humo… hay poesía”.

Maestra Ruth Martínez Meraz, a quien conocemos por la página electrónica Desnudez de mi palabra, o A surrender to the moon, International Library of Poetry, 2005), sin embargo no entiendo qué está haciendo ahí el nombre de Alejandra Pizarnik, ¿como aparente título de un poema?, faltó aclararlo porque para algunos, no tan avezados, podría implicar como una cita de ella, como el deseo de efectuarle a ella una traducción. Creo que son minucias que hay que cuidar en la titulación de los poemas. Nada debe estar vago, nada debe confundirse con prosa. Pues por ejemplo, Carlos Acosta, al iniciar el libro, trata de celebrar la noción de palabra con destellos indiscutiblemente poéticos: “Tú, milagro gutural”.

Por otra parte Federico Fernández se propone salir de la retórica al decir: “Los poetas tienen… un ritmo de lamentos en la piel.” Aportes como el de Conchita Hinojosa siempre se agradecen, pues su poesía “va de camino”, se esmera en resumir lo que en muchos de sus poemas, no fácilmente se salva de la prosa, para expresar, en íntimo definitorio: “La palabra, estruendo de rostros sudorosos…” Damián González imprime un sello de curación por la palabra: “Escribir es abrir el alma,/ dejarte poseer por las letras/ hasta envejecer con ellas”.

En fin, poetas todos que bajo la dirección sabia de Ramiro Rodríguez, le han ayudado a hacer lo que siempre ha querido: “lamer la palabra dentro de la palabra”, en un proceso alucinante, hacia la metapalabra. ¿Cabría por ahí la propuesta de la poesía como un más allá del lenguaje? Habría que releer a Paz, y agradecer a Ramiro la ecuación sagrada, interminable: “Si a cuadrada más b cuadrada es igual a c cuadrada, entonces poeta más palabra es igual a poema”. Muchas gracias.



REFERENCIAS
1. Gabriel Weisz, El juego viviente, (Indagación sobre las partes ocultas del objeto lúdico) Siglo XXI, México, 1986, pp. 146-147.
2. Manuel Maples Arce, Incitaciones y Valoraciones, Cuadernos Americanos, núm. 50, México, 1956, p. 146.

Imágenes:
1) Portada de Palabra de poeta Antología de poesía sobre poesía (ALJA Ediciones, 2012).
2) Maestro Carlos Santibáñez Andonegui y Ramiro Rodríguez.
3) Fragmento del poema "Letras" de Ramiro Rodríguez, cartel creado por Romina Cazón, Editora de Revista El Humo.
4) Colección ALJA Ediciones y libros diversos.

18 de enero de 2013

Ritual De La Tierra de Ramiro Rodríguez


Por Alixia Mexa


“Yo no sé si mis ancestros viven / si caminan por el viento como pájaros vacíos / como tatuajes en la noche / si algo de ellos queda entre mis manos secas / si soy la semilla fértil de mis dioses / yo no sé.” (Fragmentos, pág. 120)

Nosotros, en realidad, no sabemos nada del mundo. Yo no sabía un tanto del interior de este poeta, me refiero a un saber palpable de su universo íntimo. De su legibilidad, de su ubicación, de su imagen tenía algo; y quise conocerlo más, entonces empecé a intentar destejer su palabra, a introducirme en su laberinto filosófico para descubrir un poco del misterio siempre presente en la poesía. Su verbo fue descendiendo a mi interior lenta, paulatinamente, en Ritual de la tierra, para reconocer estrellas incrustadas en su memoria como “Angahuan” o “Bagdad”, “Naranja”, creaciones del mencionado Ritual.

El tiempo es aliado de lo perfecto, de lo que tiene que suceder y embona todos los escaques sin forma del cosmos para revertirlo sobre la memoria que espera, y que a la postre, se convierte en espiral de la cosmogonía personal. Los textos de Ramiro aprisionan una sed inexplicable de saber, conocer, pensar. Su estructura es fuerte y suave. Su semántica arroja colores naranja, olores de uvas, de tierra, ligeramente erotizados; este deslizamiento de los sentidos hacia su yo primario, que el espejo que antepone hace que se ejecuten en una sintaxis, al parecer, lógica, de la que emana un tono suave y sereno, a la vez denso y vigoroso, y a veces pleno, inacautable, para regocijarnos en su lengua. Sí, he dicho en su lengua, no en su lenguaje, su lengua habitable por trinos de pájaros y plumajes. El símbolo vibra en sus cuerdas vocales y parece que la marea es su sangre, la que cruza su eco silencioso para realimentarlo con la voz de sus ancestros, quienes lo atrapan y lo visten para presentarlo a sus dioses; pero su duda es válida, él no lo sabe, acaso lo siente, pero realmente, ¿lo sabe? No lo sé.

Pragmáticamente, la rosa de los vientos invisible señala el oriente, un oriente predestinado a la creación y a la recolección del fruto. El sabor agradable y elocuente que deriva de esa colecta individual que todo lo transforma, esa magia incomparable de la transición de las palabras, ese dolor mutante, no creo que pueda ser transferible a través de mis palabras. Habrá que leer Ritual de la tierra, no para saberlo, para experimentarlo, para olerlo e intentar desentrañar su misterio. El poeta invita a viajar al interior de su propia tierra, a hacernos uno en una inusual introspección a su muerte, a su origen, a su sal; dispone de estos cuatro elementos para dispersar su palabra y poblarla de todas las cosas que puede contener no sólo en su gramática, rompe artísticamente su estructura, la renueva poéticamente con un sello creativo, frondoso y dúctil, difícil de describir; además, sus palabras van más allá de la colección de un poemario dividido en cuatro secciones; por eso, porque es misterio suscrito, puede volar más allá de lo material y sólo mediante su captura se puede encontrar y distinguir el néctar para beberlo, disfrutarlo e instalarlo en nuestra memoria. Ahora puedo decir, que he empezado a conocer al hombre, al ave, al poeta que habita en el ritual de su propia creencia; que he recorrido uno de sus caminos.



Rodríguez, Ramiro. Ritual de la tierra. ALJA Ediciones, 2012.

3 de enero de 2013

Lluvia


Lluvia lluvia lluvia tres veces lluvia (1)
te invoco desde mi desierto diez veces desierto (2)
desde mi sed diez veces sed (1)
desde lo diezmado de mis adentros (2)
Refractas con rostros múltiples la humedad (1)
y en la cercanía carcomes mi silencio (2)
Llegas con lenguas abstractas hasta mi lengua (1)
Diseminas claridad hasta el punto más recóndito (2)
Reinicias el ciclo de nuestros nombres. (1)

Autores:
(1) Ramiro Rodríguez
(2) Carlos Acosta

Imagen: www.realidad24.com

7 de enero de 2012

Donde Habitan las Imágenes



Por NoraIliana Esparza Mandujano

Sabía que no podía ser, aunque era un amor que brotaba a borbotones como la sangre de una herida mortal, era un amor sin mañana, sin destino.

Aunque no se citaron, asistió a esa casa fuera de la ciudad y del alcance de miradas indiscretas, morbosas. Hasta entonces ese era su esporádico paraíso personal. Por alguna extraña razón, sabía que ahí estaba. 

A cada lado del camino, las hojas secas les daban la bienvenida a ella y al otoño que se anunciaba frío, lluvioso, melancólico. En su pecho albergaba un sentimiento de agitación. Transcurrieron varios meses desde el último encuentro y ahora unos cuantos metros se le antojaban interminables para llegar a sus brazos.

A medio camino, un tronco carcomido y lleno de moho le invitaba a detener sus pasos; no quería y sin embargo necesitaba hacerlo para llenar de aire sus pulmones. Suspendió su andar. Entrecerró los ojos. Aspirando con fuerza arqueó la espalda y descansó las manos sobre las rodillas.

Así permaneció un rato mientras los recuerdos fluyeron. Regresó al primer momento, cuando se conocieran en aquella reunión de trabajo e intercambio de opiniones; desde el primer encuentro, sus ojos se buscaban indiscretamente, con una ansiedad que nada tenía que ver con los temas tratados.

Bebieron algunos tragos hasta que Sofía miró el reloj despidiéndose de la concurrencia. No podía abandonar la oportunidad, así que con desenfado ofreció llevarla, a lo que ella accedió complacida.

Se marcharon. En el camino que emprendieron sin rumbo, continuaban charlando como si se conocieran de siempre hasta encontrarse frente a frente, entrelazados los dedos, en la intimidad de un café discreto y a media luz. El tiempo parecía haberse colgado de la Luna, sus manos parecían tener imán.

Entre ese juego trémulo Sofía volvió a mirar el reloj sobresaltada, pidiéndole la llevara al sitio de la reunión en donde había dejado su auto. Era tardísimo. Intercambiaron teléfonos y direcciones electrónicas con la promesa de verse en otro momento.

Los días pasaron y Sofía recordaba con asombro lo ocurrido. Era todo tan extraño, tan ridículamente fascinante; jamás vivió algo parecido. Por alguna razón acaso ya trazada en el libro del Universo, se volvieron a encontrar y como la primera vez, sus ojos se buscaron con urgencia, aunque ahora al encontrarse las miradas, su corazón experimentó un sobresalto. 

Se despidieron con una nueva promesa de buscarse y apenas unas cuadras adelante, sonó su teléfono celular: “me encantó verte”.

El corazón latía con prisa. Las llamadas y charlas por Internet se hicieron tan cotidianas como el anochecer en que se encontraban, ahí, en ese espacio donde no cabía nadie más, en ese espacio en el que cuando no coincidían, la depresión la abrazaba con fuerza. “Quiero verte”, leyó una noche, “mañana paso por ti a las diez treinta”.

El insomnio hizo presa de Sofía. Se levantó más temprano dando inicio a su ritual: el baño primero, cremas, depilación perfecta, desodorante, perfume en cada rincón del cuerpo, las delicadas prendas. Quería lucir hermosa.

Conforme se acercaba la hora de la cita, fue presa de la zozobra. De pronto se encontró a su lado, enfilando fuera de la ciudad. Llegaron a esa casa discreta, acogedora. Se sentó en un sillón azul, de respaldo alto, confortable.

Sofía sintió la primera caricia en su cabello, e inexplicablemente su cuerpo fue sacudido por un temblor apenas perceptible que desapareciera al momento en que la fragilidad de los dos cuerpos se fundió en un abrazo tierno, igual que los besos. Las caricias todas fluyeron en oscura voluptuosidad y al final, otra vez el beso tierno, inocente, el profundo letargo. Las sensaciones nuevas.

El regreso fue en silencio, roto solamente por la despedida: “Cuídate. Nos vemos después”. Y así, sin promesas, sin más esperanzas que la de ese después incierto, acompañado de una pañoleta impregnada de sus perfumes, Sofía se alejó.

A la mañana siguiente, un mensaje en el celular “me encantó, lo sabes”. Le siguieron correos cada vez más esporádicos, “cómo estás linda, yo con mucho trabajo”.

Una semana, dos; tres meses y Sofía con la ansiedad del nuevo encuentro que no sucedía, la misma que la llevó aquella tarde, a la casa fuera de la ciudad. 

Abrió los ojos, continuando su camino. Sus pies se hundían entre la hojarasca húmeda por el rocío de esa tarde otoñal. Al acercarse a la puerta, se detuvo un momento, sólo unos segundos, como si “algo” pretendiera detenerla. Cruzó el umbral. Ahí estaba Laura, acariciando el rostro de una mujer que sonreía complaciente.

Sin pensarlo, Sofía tomó una estatuilla que se encontraba ahí, en algún rincón y con toda la rabia, le golpeó su cabeza. Laura se hundió en el oscuro espejo en que dormitan las imágenes.


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NORAILIANA ESPARZA MANDUJANO es originaria del D. F. (1967), pero radica en Ciudad Victoria. Egresada de la Facultad de Ciencias de la Educación, en la especialidad de Ciencias Sociales y Maestra en Comunicación Académica por la ENAED. Asistió a los talleres literarios de la maestra Graciela González Blackaller. Ha publicado en la revista Crisol Tamaulipeco del COBAT, en la revista de la UAT, en La Litera, en la página cibernética "Citla" y colaboró en las antologías Apuntes desde Victoria, Sueños al viento (C.C., 2010), Aquella voz que germina (Gobierno de Tamaulipas, 2010), Coyotes sin corazón (C.C., 2011) y Donde la piel canta (C.C., 2011). Se le concedió el Premio "Altaír Tejeda de Tamez" 2008 convocado por la SET, en el género de cuento.