18 de diciembre de 2008
20 de octubre de 2008
Roto Corazón
Desciendo a la tierra para recoger mis alas
después de volar por tierras fértiles de lluvia
y montañas de piedra infinita, (2)
lluvia que lava las penas, (1)
voces perdidas entre ramajes de sauces
a la ribera de ríos invisibles. (2)
Un lamento verde se extiende, nos alcanza, (1)
nos colma en la virtud de palabras abstractas (2)
con las que se transforman nuestros sueños. (1)
Pareces muerta entre las flores,
desnuda de cordilleras, muda de lenguajes, (2)
mariposas bebiendo cálices de dulzura.
Reposas absorta entre espirales de aromas (1)
cubierta de nieve bajo el sol de mayo.
Así de imposible, así de nostálgico mi corazón, (2)
lejana en lontananza te diluyes con la tarde (1)
con un corazón roto entre tus manos. (2)
Autores:
(1) Teresa Loera
(2) Ramiro Rodríguez
7 de octubre de 2008
La Mujer de Lot
Nohemí Sosa Reyna es una de las poetas más importantes en la historia de la literatura en Tamaulipas. Del 22 al 25 de septiembre estuvo en Matamoros invitada por el Museo de Arte Contemporáneo de Tamaulipas (MACT) para impartir un taller literario sobre poesía. Nació en exHacienda de Santa Engracia, Tamaulipas, México. Es licenciada en Ciencias de la Educación, egresada de la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Poeta, editora, periodista, dedicada a la promoción cultural, es autora de los poemarios Estación de poesía, Sala de luz, Poemas en la región desconocida, Balcón de Nubes, Ritual de Muñecas, Reminiscencia de la Mujer de Lot, Cadencia de Vida y compiladora del libro Poetas Tamaulipecas del Siglo XX.
La obra de Nohemí Sosa Reyna es coloquial e intimista, de contenido erótico y social. Reproduciendo su biografía de manera parcial, agrego que obtuvo dos becas del gobierno tamaulipeco para escribir poesía y ensayo. Fue invitada a leer sus poemas en el Segundo Encuentro Nacional de Mujeres Escritoras en Puebla, evento organizado por la UNAM y el INBA en 1985, por la Universidad de Baja California en su Unidad de Mexicali en 1985. Participó en el Encuentro de Poetas organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y por el Grupo Mensajero. Asiste al primer, segundo y tercer encuentro de “Mujeres Poetas en el País de las Nubes" en Huajuapán de León, Oaxaca y al Encuentro Internacional en ese mismo lugar en el año 2003.
Invitada al Encuentro Internacional de Poesía organizado por el Colegio de Michoacán en el año 2002. Participó en el Encuentro Hispanoamericano de Literatura “Horas de Junio” en el año 2003 en Hermosillo, Sonora, y en el Encuentro Internacional aBrace en Montevideo, Uruguay, en abril de 2005.
Obtuvo los siguientes reconocimientos: Primer lugar en el Concurso Estatal de Periodismo “Manuel Buendía” en el género reportaje en 1990 y segundo en el género de crónica en 1995, primer lugar en el Concurso Estatal de Literatura “Juan B. Tijerina” en el género de ensayo, finalista del Premio Internacional de Poesía “Jaime Sabines” en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Su obra fue incluida en la antología anual de la revista electrónica “La Tertulia de Mizar”, libro editado en Barcelona, España. Aparece en la antología “ Círculo de Poesía” de aBrace movimiento cultural internacional con sedes en Brasil y Uruguay.
Nohemí Sosa Reyna trajo su experiencia dentro de la creación de la poesía visual, el "performance" y la versificación clásica, como el soneto y la décima. Asistieron al taller Raquel Rodríguez Brayda, César Osvaldo Hernández Ramírez, Carlos Ernesto De la Rosa García, Conchita Hinojosa y Ramiro Rodríguez, entre otros escritores de Matamoros.
RELOJ DE ARENA
Era presbiteriana y se aburría
cuando le prohibieron los jeans
dejó de ir a la iglesia
hizo de la política su mística
desobediente fue
llovieron años sobre su cabeza
húmeda fue
llena de sal
hasta que el sol salió
ya era de cristal
era reloj de arena.
ESTATUA DE SAL
I
Mi flama no alcanzó tu fuego
para despertar en espejo de sal.
Batí palmas, destrencé mi pelo
y el amanecer fue tal como otros,
sólo escuché el diálogo
de la fuente sosiega en contraste
con mi interior.
II
Puse en tu mano un cuarzo,
retorné sola,
te dejé el tiempo para que volvieras.
III
Mientras juego al equilibro,
encuentro al destiempo,
¿habrá red protectora?
Olvidaba que soy estatua,
Cronos mi amigo,
Orfeo mi amante,
aun así soy de materia frágil.
De Reminiscencia de la mujer de Lot (2005)
12 de agosto de 2008
La Palabra en el Espejo
Por José Enrique Saucedo
Presentación del libro El vampiro del Río Grande
de Roberto De la Torre Hurtado
en la Casa de la Cultura de Monterrey, Nuevo León.
Comentar la obra El vampiro del Río Grande es pensar en la oralidad como recurso literario, y hablar de oralidad es recordar al pueblo y su cultura. El pueblo es aquello en lo que la gente cree, los regiones que habita, lo que escucha, los miedos que lo acosan, lo que recuerda, lo que inventa, lo que trasmite, lo que piensa, lo que habla y lo que hereda. Por eso nuestro pueblo es la llorona, las barridas, los aparecidos, la valentía, el culto a la muerte, el rencor, nuestra tendencia a dramatizar, el machismo, el sentimiento, la envidia, el patriotismo, el rumor, la generosidad y aquellos valores que nos identifican y que, de alguna manera, se encuentran reflejados en El vampiro del Río Grande. La oralidad en la literatura desde siempre, el baúl de la memoria, el puente que nos invita a cruzar la realidad posible, e incluso, ir más allá del texto mismo; una forma verbal que nos permite viajar a través del tiempo y declarar nuestra identidad desde la riqueza y el atrevimiento de lo espontáneo, de lo increíble pero verosímil.
La oralidad es un juego, pero es también el mejor recurso para preservar a los personajes anónimos y representativos del folklore de la cotidianeidad y aquellos pasajes que recurrentemente los marcan, de tal manera que terminaran por convertirse en tradición, en mito. Sin embargo, esa misma oralidad nos recuerda que la palabra es frágil y huidiza, por eso la palabra recurre a la escritura como medio para ampararse del abandono, para retar al olvido, haciendo de la literatura el espejo donde nos observarnos, no sólo como individuos, sino esencialmente, como parte de una colectividad que crea sus propias alegorías y rituales, entonces la literatura se convierte en la memoria viva del universo.
En El vampiro del Río Grande, a través de su narrativa, Roberto de la Torre Hurtado se define como escritor de la oralidad; sus relatos abrevan en las leyendas de la región fronteriza donde creció y se hizo seguidor de la palabra, su texto es una conversación con sus miedos y sus fantasmas, un diálogo con los otros y consigo mismo, la descripción de una tradición a la que recurre para construir sus cuentos. Así la obra, hace referencia a lugares comunes y conocidos como Valle Hermoso, Linares, Torreón, Saltillo, Monterrey y otras ciudades fronterizas, pero sobre todo, nos lleva a reconocer los terrenos abrazados al Río Grande de Estados Unidos , y al Río Bravo mexicano, el de nuestros inmigrantes, el caudal que seduce, que da esperanza y la quita, que reúne fronteras pero limita culturas, que da vida, pero que también la quita, que salva familias y las separa, un caudal anecdótico que se constituye en uno de los centros integradores de este libro, y fuente de la que manan muchos de los personajes y los argumentos recreados por nuestro autor.
En trece relatos, Roberto nos cuenta de las luces que flotan sobre el río, de los espejos que roban el alma, de brujas que maldicen, de mujeres que hacen pacto con el diablo, de hombres que se transforman en lobos, de muertos y muertas que regresan en busca de venganza, de madrinas revividas que conservan sus ataúdes como trofeos ganados en la lucha contra la muerte, de barridas con albaca y pirul, de fantásticos viajes infantiles realizados a luz de la luna y de finales inesperados; pasajes que, si bien forman parte del horizonte mítico popular, también reflejan sus propias creencias y temores. En una entrevista publicada en la revista The Collegian Online de la Universidad de Texas en Brownsville, el autor declara: “Escribí el libro para conservar los miedos, fantasmas y vampiros en los que creí cuando era niño. No es justo que yo me olvide de eso si me hicieron sufrir tanto, y la mejor forma es empezar a escribir sobre eso”.
Narrados en primera persona, la mayoría de los cuentos expresan el origen del autor, “El Río Bravo siempre ejerció un magnetismo en mí, a pesar de las historias que se contaban que iban desde la aparición de naguales en las noches de Luna llena, hasta el llanto de la Llorona que tanto atemorizaba a los habitantes de la frontera”; sus creencias religiosas, “Un sudor frío recorrió mi frente y el padre nuestro apareció en mis labios”; las raíces familiares, “Mis abuelos maternos eran zacatecanos, pero decididos a probar suerte en la siembra de algodón se vinieron a la frontera”; sus fantasías, “Por la noche le conté mi sueño, pero según él era imposible, porque la víboras no se salen de los sueños”; y sus miedos, “Mi cuerpo temblaba y un sudor frío impregnaba mi piel, por más que intentaba levantarme, no podía. Una fuerza extraña me sujetaba a la cama”. Así, a la manera de narradores como el saltillense, Jesús de León, que hace algún tiempo presentó un libro también relacionado con la tradición oral llamado Historias de la sierra, y de la tamaulipeca Isabel Contreras quien acaba de publicar Tradición oral, mitos y leyendas de Tamaulipas, Roberto De la Torre nos brinda un muestra más del paisaje cultural norestense mediante un lenguaje llano, templado y fluido que permite abordar el texto con bastante amenidad.
El resultado, nos muestra a un escritor que formula una propuesta literaria basada en la idea de que la escritura y el habla son las dos caras de la narración que se vinculan entre sí para dar vida a los sucesos extraordinarios de un pueblo. Para fundamentar esta idea vale decir que Roberto de la Torre, es un extraordinario conversador, que apasionado y con cualquier pretexto comparte ideas, lecturas y críticas sobre el mundo de la literatura, conversaciones en las que nos habla acerca de su propia creación: “No es mi idea recurrir al lenguaje rebuscado o las tramas complejas para hacer literatura, me gusta el lenguaje sencillo y contundente, pretendo que mis historias sean atractivas para el lector”, dice. Esta postura describe fielmente el libro que hoy presentamos; una obra que “sin grandes pretensiones literarias”, logra paradójicamente cautivar a sus lectores. Si se parte de esta consideración, es factible imaginar que el producto creativo es un ejercicio del todo consciente y no producto del azar ni consecuencia de la pretendida humildad de nuestro cuentista; más bien representa un ardid, ya que la sencillez en el discurso literario no es pretensión fácil de alcanzar. Así, entre el lenguaje accesible para los lectores y las tramas intencionadamente lineales sobre las que se erigen los cuentos, subyace el capital narrativo de un buen contador de historias; además, son precisamente el lenguaje franco y las secuencias narrativas bien armadas, la mejores virtudes de este creador, virtudes que nos permiten encontrar el fondo y la forma de su estilo, un fondo cifrado en la tradición oral y un estilo estructurado desde la tensión y la emoción natural del cuento que no necesita de más argumentos para cautivar. Dice Vicente Huidobro en sus teorías y comentarios sobre la obra breve: “el verdadero disfrute, luego de escribir, está en prescindir de las palabras que sepultan una historia”; también lo afirma Augusto Monterroso “Palabras que no dan vida, matan”.
Pecatas minutas tiene el libro, particularidades que dejamos a consideración del autor y del lector. Sobre todo porque que estas páginas son desde ahora nuestras. La más significativa, es el orden de aparición de los cuentos. Después de leer “Aventuras en el Río” y “De muertos y aparecidos”, dos logradas tramas narrativas, se llega a la conclusión de que éstas tienen el peso ideal para abrir el concierto cuentístico; sin embargo y como descargo, la decisión del autor permite ir de menos a más, hecho gratificante para los lectores que una vez empezado un libro se niegan a abandonarlo. Aquí quedan a su disposición trece relatos, otro itinerario que nos ayudara a comprender lo que somos y en que creemos, una realidad misteriosa que desea ser descubierta, algunas historias reconocidas y reinventadas, la palabra y su reflejo, soledad de papel donde se expone Roberto, un escritor que apuesta al texto escrito porque sabe que finalmente la literatura es el espejo del mundo, y la palabra, el rostro donde nos reconocemos.
José Enrique Saucedo Tovar es originario de Monterrey, N. L. Maestro en Lengua y Literatura Españolas con estudios de doctorado en Filología Hispánica Contemporánea en la UIB de España. Publica textos narrativos en diversos periódicos y revistas. Autor del libro La otra ciudad (2005), donde reúne textos narrativos y poéticos.
29 de mayo de 2008
Tortugas y Lagartijas
Por Alejandro Rosales Lugo.
Un poco de tortugas y otro de lagartijas. Eso somos en los brazos endemoniados del sol. Ya no hay primavera ni verano porque toda la pelota está caliente. Nos vamos de "surfing" en el smog citadino y los tiburones nos prenden la coliflor. El mundo está loco loco y todo se pone bizarro, los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán tras tras ya la casa se cayó... En Altamira, la tierra de Cuco Sánchez, un cocodrilo o lagartón le agarró la pierna a un cristiano que se quería poner botas de pescador.
Y tuncachun ra ra, le agarró su pata de vaca y lo dejó desangrado, ya no nos podemos confiar ni de la tía, ni del tío, y menos de la antesuegra porque el calentamiento global nos nubla la vista y como perros con rabia desconocemos los chamorros de la prima o cuñada.
Andamos con las cejas caídas, los párpados de sombrilla, las pestañas de Juan Pestaña con relez para que prenda la gota caliente del sudor.
Si vamos por la calle, o la escuela, o en el trabajo saludando de becho becho, se nos pega la sal y la manteca como “refil” de colorete y perfume barato. Nos dan besos que “jieden” y si los damos nosotros, levantamos el perfume con todo y marca.
Nos traemos la sal y la harina, y con discreción escupimos por un lado. Con este calor se podrá calentar la gallera y las polleras, pero lo cierto [es] que las bocas huelen a centavo de cobre y taquitos callejeros.
Ahora, échele bien, con está temporada de patas apestosas, de nalgas sudadas, de bisagras pegajosas, los alimentos se descomponen. Hay de usted si se arriesga, señora o señor, si se avienta unos camarones o unos ostiones en la calle porque va directo al cero Morelos. Esto es que estira la pata. Y si le gusta la vegetariana, pues a qué le tira campeón o campeona. Si la fruta está sucia, porque los vendedores no tienen baño ambulante, no se lavan las manos, y el calor de cuarenta y cinco grados nos la llena de salmonela.
Bien, andamos como lagartijas en las rocas y tortugas calientes dando vueltas y mordiendo. Sí, mordiendo a este pinche calor que nos vidrea los ojos y nos calienta el calzón. No me saluden mejor, que me pegan bacterias perfumadas y, como soy diabético, me mandan a bolar, (de bolo) cuadrado, por no decir una palabreja.
Tomado del periódico electrónico Expreso
[28 de mayo, 2008]
15 de diciembre de 2007
Pequeñas Volutas
Héctor Rocha Orta, profesor de educación media y superior, fue maestro memorable de lengua y literatura hispánicas en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas. Colaboró en la formación pedagógica de los profesores de esta especialidad y es bien recordado.
El indio Torek
Con pálido rostro,
su mirada vaga,
tristeza en el alma,
esperanza vaga:
el indio Torek
baja la montaña.
Vereda escabrosa
en la que transita,
peñascos y riscos
encuentra su vista;
mentira parece:
semejan su vida.
Lleva la esperanza
de encontrar consuelo
a las mil penurias
que le ha dado el cielo;
de que le comprendan
sus buenos anhelos.
Uraño se acerca
rondando el silencio,
la plaza repleta,
muchos pregoneros,
la música toca,
¡hay fiesta en el pueblo!
Con ojo de lince
escudriña, astuto,
descubre lo innoble
de los hombre cultos;
¡cómo a sus hermanos
los llenan de insultos!
Los unos les huyen
cual seres leprosos;
los otros les gritan:
¡tú, indio mugroso,
ratero, indecente,
perro lagañoso!
Los roban, maldicen,
los tiran, los jalan...
Y el indio Torek
ya no mira nada;
las perlas del llanto
le nublan el alma.
El odio maldito
le roe las entrañas,
triturar quisiera
a esas alimañas
pero ya no puede,
las fuerzas le faltan.
Implora, solloza,
¡oh, Dios de la vida!
Piedad para el indio,
no más ignominia...
También somos hijos
de tu obra divina.
Con ojos clavados
por siempre en el sueño,
quizás en protesta,
tal vez por recelo,
se va a su montaña
con su desconsuelo.
Chiquilla
En el ignoto mundo de tu vida
cual semen florecida en el desierto
y en la vorágine de tu pensamiento
que en pequeñas volutas siempre oscila,
quisiera incursionar, y en mi aventura,
encontrar la razón de tu porfía.
Escalar la montaña de tus dudas,
caminar por tu senda de ilusiones,
avalar el caudal de decepciones,
en un haz enclaustrar tus quejas mudas;
y aflorar a tus labios las palabras
sin mancha, sin disfraces, sí, desnudas.
Entonces serías tú, sin el ropaje
de incienso nebuloso y artificio;
serías tal como eres, con el traje
de esencias de virtud, sin maleficios.
Y alcanzarías la meta que tú anhelas
como un náufrago logra asir la orilla;
así te alejarías por tu sendero
y yo podría decir: "Adiós, Chiquilla".
30 de octubre de 2007
¿Mezquites o Ladrillos?
Muros en el norte de mi patria,
¿dónde están los puentes olvidados? (1)
La memoria se busca, la noche no entiende
y el río se hiere en el abrazo partido.
¿Qué sol yermo justifica la herida?
¿Acaso la piedra desdibuja el camino? (2)
El miedo transforma los mezquites en ladrillos,
espantapájaros de papel cayendo con la lluvia. (3)
Que no se te moje la vida.
Que nadie encierre tu grito.
—Seré yo quien bese tu huella. (4)
La bruma libera las flores, el río y los cantos.
Somos enojo encerrado entre los labios. Arena. (5)
¿Serán esos muros cadenas que sequen tus alas? (6)
Realidad invisible, malabar ingenuo.
El río ahoga tus sueños. Quizás un muro te sepulte. (7)
Título: Roberto De la Torre
Autores:
(1) Ramiro Rodríguez
(2) Lidia Díaz
(3) Roberto De la Torre
(4) Rossy Evelín Limá
(5) Miguel Yniesta
(6) Conchita Hinojosa
(7) Raquel Rodríguez-Brayda
¿dónde están los puentes olvidados? (1)
La memoria se busca, la noche no entiende
y el río se hiere en el abrazo partido.
¿Qué sol yermo justifica la herida?
¿Acaso la piedra desdibuja el camino? (2)
El miedo transforma los mezquites en ladrillos,
espantapájaros de papel cayendo con la lluvia. (3)
Que no se te moje la vida.
Que nadie encierre tu grito.
—Seré yo quien bese tu huella. (4)
La bruma libera las flores, el río y los cantos.
Somos enojo encerrado entre los labios. Arena. (5)
¿Serán esos muros cadenas que sequen tus alas? (6)
Realidad invisible, malabar ingenuo.
El río ahoga tus sueños. Quizás un muro te sepulte. (7)
Título: Roberto De la Torre
Autores:
(1) Ramiro Rodríguez
(2) Lidia Díaz
(3) Roberto De la Torre
(4) Rossy Evelín Limá
(5) Miguel Yniesta
(6) Conchita Hinojosa
(7) Raquel Rodríguez-Brayda
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7 de agosto de 2007
Reflexiones Sobre la Soledad
Éxtasis
Sientes que eres estrella maravillosa,
que estallas en mil chispas y mil luces,
que te derramas en el firmamento
y tu propio universo se sacude...
Sientes que te acomodas en la nube
más suave de sentirse y más sabrosa;
y la lluvia de chispas va cediendo
y las luces se apagan poco a poco...
Aquel raro girar vertiginoso
que parecía producto de un misterio
regresa a la quietud, de tal manera
que hasta esa languidez es cosa bella.
No hay cansancio mejor que ese cansancio
que produce estallar como una estrella
que se quiebra en mil chispas y en mil luces.
No puedes comprender lo sucedido
porque no es cosa tal que se comprenda.
Retorna la quietud y la conciencia
que se había obnubilado con las luces
vuelve a estar en tu ser. No eres estrella
porque gimes y ríes, lloras y besas.
Reflexiones sobre la soledad
Oye cómo cae la soledad:
Gota a gota, como lágrimas.
Adviértela burlándose en el tic tac monótono,
en el vaivén del péndulo que baila
al compás de su ritmo monocorde,
aunque se encuentre solo.
Mira la soledad por la ventana
húmeda con las gotas de lluvia
que los vidrios empaña,
como ojos licuados, a punto de verter su tristeza
en simple agua.
Y mira más allá, hacia el jardín escueto,
aquel pobre árbol que se siente solo,
que alarga, con dolor,
esas extremidades anteriores
que en él se llaman ramas
como si pareciese que buscara alguien a quien tocar,
en quien depositar una caricia.
Oye la soledad en ese ruido
del papel tirado que levanta de pronto el remolino
del aire, que lo juega y lo avienta después,
al ver que no le sirve... y vuelve a quedar
quieto en el arroyo:
estático, inservible y en soledad.
Mira aquel pobre ciego del violín melancólico
tan rodeado de gente en esa esquina;
y sin embargo, tan solo.
¿Y tú sabes acaso de qué manera duele
cuando la soledad aprieta?
¿Cuándo esa sensación de vacío infinito
confunde un mudo grito con un sordo dolor?
Y sientes sobresaltado el eco de tus pasos,
o tal vez el deseo de charlar con tu sombra y decirle:
Detente, no vayas tan aprisa, como aquellas personas
que han pasado dejando tan solo sensaciones
o recuerdos absurdos o malignos temores.
No te vayas, sombra,
porque yo sentiría
como si me engullera poco a poco a mí misma...
Y después, ¿con quién charlo?
¡Ah! pues como estar sola a veces equivale
a desequilibrada,
es posible o probable que busquemos
compañía en el reflejo que nos brinda el espejo
y que allí comentemos:
¡Hola! ¿Tú también estás sola?
Pero estas reflexiones sobre la soledad
absoluta y completa
son menos dolorosas
que recibir de pronto en plena cara
aquella soledad introspectiva
del hombre entre la gente...
¡y siempre solo!
Del hombre que padece
soledad de oficina,
de calle, de paseo, de salón, de hogar,
de rutina...
Nadie se fija en él.
Nadie advierte al hombre solo,
ese que grita y lucha
y que en la crisis de su desesperación
se vuelve fiera, y araña y muerde,
tal vez para llamarnos la atención.
El hombre solo que tal vez pudiera
abrirse el pecho y llevar enseñando el corazón
sin que nadie lo viera;
porque a su derredor van de carrera,
pues todos tienen prisa y, además,
agachada la cabeza por sus propios problemas.
Y cada quien se aísla de todos los demás.
Y es sumamente triste que una tarde despierten
en grupos circunspectos y enlutados
en torno de aquel hombre que ignoraron;
y aún en ese momento, en ese trance,
estén obsesionados con el ego,
el ego equidistante de la muerte,
el ego distanciante.
Pues si quieren volver un día cualquiera
al rebaño, al redil, al amalgamamiento,
será inútil que griten y luchen
y que arañen y muerdan...
O que lleves, acaso, el corazón
por afuera del pecho.
Habrá una sola amiga para ellos adicta,
constante, fiel;
ella caminará cuando caminen
o parará su paso de repente
cuando a su vez lo pare aquél y grite:
¡Lárgate, soledad, martirio mío,
vaguedad de las formas,
cadena que me ciñe y que me aparta,
yo bien que te percibo y te aborrezco!
¡Ya soledad! ¡Ya lárgate!
De Esperanza: El Mundo Poético (1995)
Elba
Memoria subconsciente. Espejo hecho pedazos.
Te conocía desde antes y estoy en un apuro:
¿Dónde habita la luz allí junto a lo oscuro?
¿Dónde a fuerza de milagros, de cruz y latigazos,
se fundieron las razas después de muchos pasos?
No importa qué haya sido. ¡Te conocí, seguro!
Memoria subconsciente; hechos apabullantes,
siento que te conozco y te quiero desde antes,
como atavismo puro, de raíces distantes...
¡Y hoy me brotó el antojo de querer dibujarte!
Es tan raro, tan único el color de tu piel...
¿Qué haré para apuntarte, con letras, en papel?
Es difícil pintarte. Aunque tengo presente
adentro del recuerdo, en lo hondo de la mente,
en el alma, en la mano, y el corazón lo siente;
tus grandes ojos moros de mirar tan ardiente;
tus crenchas de azabache, tus facciones exóticas;
tus labios especiales tal vez para rezar;
tus pasos de gacela; hay gacelas eróticas,
y toda tu figura, y toda tu presencia
(recuerdo de aquel tiempo) es un hecho pasmoso,
esencia del pasado; o sea: reminiscencia
que los dioses guardaron como en urna sagrada,
y en ti se manifiestan y se recrean en ti...
No eres una promesa ni quimera ni sueño.
Eres tan real, querida, que confundo mi empeño
—de querer dibujarte— con el deseo que anida
en mi mano y mi mente y me causa desvelos
de ¡con letras pintarte! ¡Como si fuera fácil!
Reminiscencia mora... Dama de siete velos.
De Matamoros Poético 2002
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