2 de marzo de 2018

La noche se impregna de sus cantos



Tumulto

El viento tiene que aullar—
desahogarse del dolor ancestral,
exculpar pecados recordados.

El viento tiene que aullar—
agitar olas oceánicas,
irrumpir patrones de vuelo.

El viento tiene que aullar—
aterrorizar árboles solitarios,
llenar cada grieta con su furia.

El viento tiene que aullar—
desgarrar flores hasta el hueso,
cegar animales pequeños con su aliento.

El viento tiene que aullar—
huir con cada canto de ave,
forzar al césped a permanecer postrado.

El viento tiene que aullar—
entrar a fuerza a los hogares,
pretender ser un espectro reventando en gemidos.

El viento siempre tendrá que aullar—
merodeador tumultuoso, dios encabronado
regocijándose en el caos.


Pájaros de la noche

Inspirado por "Ciudad sin sueño" de Federico García Lorca.

Aves nocturnas cruzan el cielo.
Todas.
Todas lo cruzan.
Alma moribunda sin descanso
ni sitio fijo donde pernoctar.

La noche se impregna de sus cantos
hasta justo antes del amanecer.
Los niños sueñan con globos aéreos
surcando sobre nubes de color.
Las niñas sueñan con dulces y caramelos.
Los viejos sólo atinan a temblar
debajo de las sábanas.

Aves nocturnas cruzan el cielo.
Todas.
Todas lo cruzan.
Un coyote solitario las ve pasar, inquieto.
Su mente empieza a poblarse
de buitres rondando su esqueleto expuesto;
y sus aullidos le desgarran la garganta,
ecos secos que se insertan como púas
en las rocas.

La noche es un acto de magia.
Nos hipnotiza con la luna
y las estrellas, planetas y meteoritos,
con esos malditos
pájaros nocturnos.


Cinco remedios caseros para el extrañamiento

Para Ramiro Rodríguez. 

1. Recoger un manojo de hojas del árbol de tu niñez. Frotarlas entre tu dedo gordo y el dedo índice hasta que produzcan ese aroma que invade tus sueños.

2. La voz de tu madre pronunciando tu nombre. Si tienes la bendición de que aún esté viva, siéntate a su lado y escúchala hablar. Si ya falleció, busca su rostro amado en tu foto favorita donde se muestra sonriente. Intenta recordar el sonido de su risa.

3. Beber agua de tu fruta favorita, la misma que comías a mordidas junto a tus hermanos. Para incrementar su sabor, hay que hervirla primero. Luego, cuando empiece a despedir un grato aroma, acércate e inhala profundamente. Tómate el agua en pequeños sorbos.

4. Juega uno de los juegos de tu infancia o con uno de tus antiguos juguetes, si aún los tienes. Dedícale a esta actividad por lo menos una hora o hasta que sientas tu carga aligerarse.

5. Devora un tazón lleno de tu cereal favorito o un plato repleto de las galletas que te gustaban de niño. No olvides acompañarlas con una taza de café negro y caliente con piloncillo. Sí, como lo preparaba la abue.

Es bueno extrañar a esas personas amadas quienes ya no están con nosotros. Cualquiera de estas actividades te transportará por un momento a su lado. Pero no olvides que todas ellas ya residen en tu corazón desde siempre.




Julieta Corpus es oriunda de Río Bravo, Tamaulipas. Empezó a escribir poemas románticos a los once años. Se inspira en todo lo que le rodea, pero también disfruta recorrer con la puntita de su uña las fibras de su corazón y constatar que sigue siendo una fuente inagotable y generosa de sus inquietudes.

15 de diciembre de 2017

Algo sobre Partituras de insomnio

Algo sobre Partituras de insomnio (ALJA Ediciones, 2016) de Ramiro Rodríguez

Por Elías David.

Conocemos a Ramiro Rodríguez el maestro, el editor y el poeta. A veces lo conocemos solamente en una de estas tres funciones que desempeña, pero si queremos conocerlo en las tres al mismo tiempo, Partituras de insomnio/ Scores from Insomnia es una excelente forma para hacerlo, para conocer sus inquietudes, sus desvelos, su pensamiento poético y las influencias que le han enseñado a dominar su orfebrería. 


Como si en la noche se convirtiera, Ramiro explora con una mirada inquisitiva, observadora de los restos del día, las relaciones que durante éste se trazan, el amor, la pareja, la ciudad, la creación poética. Si de algo va a servir el insomnio será para recuperarse a uno mismo tras las responsabilidades, la jornada que tanto ayuda a subsistir como sofoca con su calor solar, su viento marino, sus calles. Pero todo esto es herramienta poética. Wittgenstein decía que no hay mundo sin lenguaje; Ramiro Rodríguez tiene tanto mundo como su maestría le permite dominar el idioma para retratar la noche, no está quieto en un solo lugar; él, como noche, mira toda la noche, o toda una ciudad, para no sonar extremista; sus ciudades, las que él conoce, en las que habita y lo habitan a él. 


Partituras de insomnio/ Scores from Insomnia es un libro conformado por tres poemas; en el primero, titulado "Espejos", Ramiro explora su noche, su casa, su cuerpo hecho de dos a veces, se alcanza a ver una influencia de Paz y su libro Ladera Este, por su forma de abordar el erotismo, por ejemplo: “Bajas como deidad / sin labios ni lengua (deidad en la memoria / de eventos pasados) a un territorio poblado / de moluscos: por conjuro, baja la marea”. Y en “Se deletrea tu nombre en la arena, / embarcación que navega en favor del viento, / tu nombre de semillas y de polvo, / pezones incrustados en la brisa, / labios que se rompen en la ferocidad de la marea. / La sal (llovizna en el oleaje, / vaho en la memoria)”. Ramiro nombra al amor sin miedo, en tiempos donde se busca dejar de ver el cuerpo femenino como un objeto, él objetifica al amor, no a la mujer, su cuerpo del deseo es el amor vuelto mujer sin buscar otras palabras más que las que sus ojos ven, porque en la oscuridad de la noche, el amor nos hace ver todo un mundo o todo el mundo es el amor resumido en una sola noche, en un solo cuerpo luego traducido a los versos que lo volverán eterno. 


El segundo poema, "Urbano", como su nombre lo dice, es un paseo por la ciudad de noche, los fantasmas del día, los restos del pulso citadino, las calles solitarias, las paredes con ecos escritos como pruebas de que entre esas cuadras vive gente, que bajo esas palmeras los pasos resuenan aún y hay un ojo, una mirada que los retrata, los interpreta, e incluso la diagnostica (a la ciudad), le dicta su enfermedad, enferma de soledad, de hipertensión, de falta de poesía, pero para eso existen autores como Ramiro Rodríguez, para curarla con textos donde el ciudadano de a pie se identifique y, quizá, se autorrecete unas buenas dosis de poesía, de literatura, de sensibilidad. 


El tercer poema, acaso pelea con el primero para volverse el más íntimo del libro, pero le gana con versos como los siguientes: “El dinero / en mis bolsillos no es suficiente / para comprar heces / de creatividad. / Noción de comercio. / Para encontrar / la revelación en tu cuerpo / de diosas, no hacen falta monedas / en mis bolsillos, / sólo palabras”. Cómo el poeta dice no poder encontrar palabras, cómo llega a la imposibilidad que a veces asalta al autor para retratar con el lenguaje, pero al mismo tiempo menciona este ciclo eterno de escritura e impotencia de lograr la captura de la musa en versos. No halla palabras, ni comprándolas, pero no necesita dinero, la necesita a ella a quien le basta con palabras para encontrarla, las mismas palabras que no halla ni comprándolas. Acaso la realización del poema se ha hecho carne y hueso y camina a su lado, por eso ya no es poema, sino verbo hecho carne. 


Quien haya leído a Ramiro Rodríguez sabe lo que va a encontrar en sus versos, sus metáforas, sus recursos literarios a los que dobla y desdobla a placer; quien lo haya leído antes sabe que en un libro de Ramiro Rodríguez confluyen el maestro, el editor y el poeta. Porque no son versos tirados al azar, son frases estructuradas, vocabulario elegido con pinzas, imágenes podadas a la perfección para decir lo que se quiere, o hacer sentir lo que se busca hacer sentir. Nada se pierde en sus versos, nada sobra, solamente se añade lo que el lector encuentre desde esa íntima y personal forma que tiene la poesía de significar algo único para cada quien: La lectura. 

30 de noviembre de 2017

Prólogo de Lascivia

Prólogo

“Universos encendidos por la copulación de insectos”, dice un verso de Lascivia, del poeta tamaulipeco Ramiro Rodríguez. No es una imagen aislada. El libro todo es una explosión; es decir, la materia poética de este libro es el acto erótico activo, como un volcán que arroja lava. El tiempo verbal que predomina es el presente, en el que dioses, humanos y animales, forman parte de un todo animado por el deseo inapagable, por el instinto. En un verso de primera, el poeta expresa:

“El alma vibra cuando el viento lame”.

“Bestias en celo”, “pájaros con alas abiertas”, “gacelas desoladas”, lenguas sedientas, cuerpos olorosos, ácida toronja y dioses mitológicos, no permiten el descanso, la inercia. El mundo respira gracias a la fricción entre dos piedras. 

Pero quizá el rasgo más importante de este poemario es su temperatura, como lo ilustra muy bien el siguiente verso, también de gran calidad:

“Nos elevamos como vapor ardiente”.

El miembro viril erecto, la espada encendida, el árbol erguido, la rígida estatua, el pájaro en alto vuelo, refuerzan la idea del momento previo al acto. No hay nostalgia ni tristeza posterior al acto.

Otro aspecto que me llama la atención es la materia, con frecuencia pegajosa, como la sangre y la saliva, que de algún modo se conecta con el Neruda de Residencia en la tierra, por su humedad profunda y olorosa. En cambio, la muerte y la proliferación de los insectos nos remiten a ciertos lienzos de Salvador Dalí y al cine de Luis Buñuel.

Con Lascivia, Ramiro Rodríguez nos entrega una poesía poderosa, que de seguro hará arder al lector que se le acerque.

Héctor Carreto, septiembre de 2013.

18 de noviembre de 2017

El vuelo momentáneo


Santiago Daydí-Tolson (Chile, 1943), ha vivido en los EE. UU. desde la década de los sesenta. Es Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee, de la que es profesor emérito, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Autor de Insectarium (ALJA Ediciones, 2014), Under The Walnut Tree (Mediaisla, 2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (Bilingual Press, 2015) y El cuaderno de don Baruj (ALJA Ediciones, 2017).



Insectarium

Tras el cristal, definitivamente detenidos,
simulan en el gesto inútil su fugaz ajetreo:
el vuelo momentáneo, el arañazo, la carrera
de patitas raudas y filudas como estos alfileres
que a cada uno empalan en su silencio,
en su quebrada presencia 
de lo vivo que agitó y es ahora objeto. Lo quieto.
No hubo quietud, no pudo haberla.
Sólo en la vitrina —estéril monumento— hay calma,
sólo en el vuelo simulado, en el mentido movimiento
de saltar, en el pobremente 
simulado vibrar en el acecho.
Pudor del exhibido a toda luz, el hurgador de sombras.
La mariposa, al menos, se supo hermosa,
hermoso el coruscante escarabajo, el escondido
joyel del excremento, puñado de ágatas,
pedregal de cucarachas, escamas del silencio.
Callan las cigarras y el vibrato del grillo es sólo 
imaginario. Imaginaria la luna 
que lo alumbra todo sin calor,
precisa luz de lo exhibido, la científica luz
del microscopio —pinza y bisturí—
que hurga en lo vivo de lo ya muerto. 
Meticulosa morgue del conocimiento.
Ya el moscardón no se da de cabezazos
contra el cristal del imposible afuera:
trizado el ojo en mil pedazos no ve ni mira.
Hierático el saltamontes espera en la espera
del ensartado, brizna de paja apenas.
La multitud se agrupa peripuesta y ordenada
como no lo estuvo nunca, como nunca
pudo estarlo cuando, viva, iba y venía
desordenadamente activa, trémula de energía.
Exacto, organizado, no puede el insectario
simular siquiera en su quietud perfecta
el imperfecto enredo, la maraña 
de infinitos gestos que es la vida.


De Insectarium (ALJA Ediciones, 2014) 




Anatema

Muérdete la lengua
antes de hablar.
Córtate la mano
de la efusión. Y calla.
Que se te partan los labios
en el grito,
los dientes que se te quiebren
en el mordisco.
Que la saliva te hierva
o se te hiele en la boca
cuando hables,
triste animal
dotado de palabra...
como los dioses.

De La lira de la ira and Some Irate Lyrics (Bilingual Press, 2015)



El otro don Baruj

Dicen que el otro día don Baruj, siempre tan digno como lo creen todos, perdió los estribos del caballero y se comportó como cualquier otro viejo gruñón, impaciente y de mal genio.

Fue cuando alguien —unos afirman que un muchacho, otros que un joven en sus veinte— entró precipitadamente al café, fue directamente a sentarse a la mesa en la que don Baruj, ajeno al mundo alrededor, escribía en ese carnet suyo que a todos nos tiene curiosos, y le habló con lo que parece fue un tono destemplado. 

A los reclamos insolentes del desconocido don Baruj reaccionó con el silencio, un arma poderosa que le conocemos bien los que hemos discutido con él algunos temas de su indiferencia. 

Sabe callar don Baruj. 

Pero esta vez, según cuentan, del silencio taimado pasó al exabrupto y le habló —le gritó casi— al muchacho cuatro palabras incongruentes, fuera de sí de indignado. Se guardó con gestos bruscos libreta y pluma en el bolsillo de la chaqueta a la vez que se levantaba para salir a grandes pasos del café. 

El muchacho salió detrás de él, igualmente agitado.

Pasaron varios días antes de que don Baruj volviera al café y a la rutina de su calma de lector, escritor y contertulio respetado por su aparentemente inalterable parsimonia.

De El cuaderno de don Baruj (ALJA Ediciones, 2017)

4 de abril de 2016

Víctor González y el Microrrelato


Víctor Manuel González Treviño (Reynosa, 1973–2016). Periodista, gestor cultural, reportero de “El Mañana” de Reynosa. Asistió a los talleres del maestro Orlando Ortiz. Coordinó el taller literario Lomas de San Antonio. Organizó el Encuentro de Escritores PreTextos de Otoño desde el 2010 y coordinó presentaciones editoriales con Letras en Movimiento. Obtuvo el segundo lugar en el Certamen Literario Cuento Navideño (2008) convocado por el Instituto Reynosense para la Cultura y las Artes. Coordinó la antología de escritores reynosenses Voces literarias de la frontera (2011) con el apoyo económico de Fundación Colosio. Incluido en las antologías Río Bravo/ Río Grande (ALJA Ediciones, 2011), Antología otoñal (Editorial Campamocha, 2011), Brevedad urbana Antología de microrrelato en la ciudad (ALJA Ediciones, 2012) y 100 Mil Poetas por el Cambio (ALJA Ediciones, 2015). 



EL ESCRIBANO

Se sentó a escribir la novela más larga de su vida. Papel, lápiz y la máquina. En los primeros teclazos, un dolor de pecho terminó con su novela. 



TERROR NOCTURNO

La pesadilla no termina al despertar: se descuelga de los párpados y repta por las paredes hasta encontrar una fisura y —agazapada— aguarda la noche que se aproxima.



EL CRUCERO

El semáforo cambió del rojo al verde y no avanzó, a pesar de la oleada de cláxones que rompió el silencio de su muerte.



LOS TESTIGOS

Los tacones soportaron todo el peso de la pasión. Dejaban huella de la belleza de Melisa en cada paso. Tal vez por eso, ese día trágico no la acompañaron a la morgue a identificar su propio cadáver.



LA CONVENCIÓN

Llegó tarde a la convención de cigarros, pero no se inmutó por la tardanza. Ya varios ardían en la penumbra. Su preocupación fue cuando sintió los labios en su piel. El fin de su vida era una certeza.



EL VUELO

Es un día de tantos que despierta con el rumor de los automóviles. Los pájaros ahora anidan sobre el intestino eléctrico de las ciudades. Su canto ya no despierta a sus moradores que caminan, indiferentes, hacia el drama del pájaro. Él lo sabe y desde el quinto piso de su departamento abre la ventana. Abre sus brazos. Cree tener la sensación de los pájaros al volar. Siente la brisa. Siente el vacío que lo devora. Es un pájaro menos en la ciudad.



EL PLOMERO

La gota no caía en el lavabo. Se filtraba en el epicentro de mi cabeza. Un sonido sordo que retumbaba en las paredes de la habitación. Mañana llamo al plomero, pensé, mientras intentaba dormir. El goteo me obligó a desenrollarme de las sábanas. Fui directo al baño para terminar con la molesta sinfonía. Lo dicho. La gota no caía en el lavabo. Revisé la regadera, la bomba del inodoro y nada. Regresé a la cama con más preguntas que soluciones y cerré los ojos y otra vez el goteo. Tres noches seguidas. Un amigo me recomendó a un especialista en cosas de la cabeza. Lo visité, no muy convencido. Me revisó los oídos, los ojos. Me tomó una radiografía del cráneo.

—Lo encontré —dijo al analizarla.

El doctor explicó que era un sonido que producía el yunque en el pabellón auricular y que lo padece uno entre un millón. Me implantó un delgado tubo de metal en el oído derecho para vaciarme unas gotas que me hicieron sentir escalofríos.

—Listo. Con eso tiene.

Lo que me dio más escalofrío fue la cuenta de casi tres mil pesos por unas simples gotitas de un líquido desconocido para mí. Lo peor es que la gota se repetía todavía en mi cabeza.

Una noche escuchaba doble goteo: el de mi cabeza y, ahora sí, el del lavabo. Llamé al plomero que de inmediato llegó y arregló el goteo de mi baño. Ya cuando se retiraba se me quedó viendo.

—Qué le pasa, Jefe, se mira muy mal —preguntó.

—Tengo mucho que no duermo porque escucho un goteo dentro de mi cabeza —contesté.

—A ver. Póngase de cabeza —dijo.

Más dormido que despierto, accedí. Sentí la acción de la gravedad en mi cuerpo. De mis oídos salió un líquido y el sonido desapareció. Cuando me incorporé ya no existía goteo. El plomero se despidió y me fui a la cama para recuperar las noches de insomnio. Antes de cerrar los párpados, juré llamar al plomero cuando escuchara un goteo, ya sea en el baño o en mi cabeza.



De Brevedad urbana Antología de microrrelato en la ciudad (ALJA Ediciones, 2012)

14 de septiembre de 2015

Lascivia de Ramiro Rodríguez

Lascivia de Ramiro Rodríguez

Por Javier Dragustinovis.

Siempre será motivo de satisfacción y, aún mas, de celebración, cuando se presenta un libro de poesía. Heroica labor de los poetas: desarrollar un oficio de catacumbas y dar a conocer un trabajo siempre ausente de los grandes tirajes y lectores.


La poesía es nuestra relación mas esencial con la realidad. Octavio Paz escribió en El arco y la lira que "el poema es vía de acceso al tiempo puro, inmersión en las aguas originales de la existencia. La poesía no es nada sino tiempo, ritmo perpetuamente creador".



Hace unos años, en la Feria del Libro de Guadalajara, Yves Bonnefoy se lamentaba de que la poesía ya no sea considerada una necesidad fundamental en nuestra sociedad. ¿Por qué es necesario pensar en la poesía?, preguntaba el poeta francés. “¿Es quizás porque en ella hay acercamientos a la condición humana más numerosos o más importantes que lo que, por ejemplo, saben reconocer los filósofos de la existencia? ¿O porque serían formulados con más imaginación y elocuencia que en los escritos en prosa? Sí, cierto, es verdad que las grandes obras de la poesía —las cuales no son sólo poemas, y sitúo en primer lugar entre ellas a un Shakespeare o un Cervantes— se arriesgan mucho antes por los laberintos de la conciencia de sí mismos. Hay en cada uno de nosotros una relación interna con nosotros mismos que no se libera de las muchas ilusiones de la existencia ordinaria que cuando escuchamos un ritmo apropiarse de las sílabas largas y breves de las palabras de nuestra lengua natal. Comprender que la poesía es el fundamento de la vida en sociedad. Comprender que la sociedad sucumbirá si la poesía se extingue, poco a poco, en nuestra relación con el mundo," nos pide Bonnefoy.



En esta realidad, la aparición del poemario Lascivia de Ramiro Rodriquez, es un hecho a subrayar. Y aún mas, celebramos un poemario y la continuación de la labor como editor de Ramiro. Doble compromiso la del poeta: escribir y crear vehículos para que ésta llegue a sus lectores. Desde siempre, el poeta lleva sus poemas de la mano hasta la hoja que encontrará al lector huidizo. No es de extrañar, entonces, que Ramiro creara Alja Ediciones, y no sólo para sus textos y quienes lo acompañan en el Ateneo Literario José Arrese, sino para todos aquellos que busquen un vehículo pulcro y bien editado para sus poemas y prosas.



No son precisamente abundantes los poemarios donde lo sensual, incluso lo sexual, tienen su origen, como es el caso de Lascivia. “Recuerdo ‘Las canciones de Bilitis’ de Pierre Louÿs. Erotismo y poesía: el primero es una metáfora de la sexualidad. La segunda, la erotización del lenguaje", escribió Octavio Paz, autor de uno de los textos más celebrados en relación al tema del amor y el erotismo: La llama doble.



El erotismo es esa búsqueda desesperada y urgente de la “otredad” y el vehículo que posibilita la búsqueda es la imaginación: “Mis manos inventan otro…” Bienvenido el libro de Ramiro.

20 de julio de 2014

Ramiro Y La Alquimia De La Palabra


Por Marisol Vera Guerra

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 
pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias. 
Kavafis

Cuando pienso en el panorama de la poesía tamaulipeca contemporánea, no puedo pasar por alto la labor constante, comprometida y cuidadosa de Ramiro Rodríguez, originario de Nuevo Laredo (1966), incansable explorador de las letras, radicado en Matamoros.

Lo conocí en 2009, en el marco del primer encuentro de escritores Los Santos Días de la Poesía, iniciativa de Celeste Alba Iris que, contra viento y marea, ha permanecido en el estado y ya se decanta por una sexta edición. Cordial y de mirada afable, Ramiro me pareció de esas personas con quienes es fácil llevarse bien, y no me equivoqué. A lo largo de estos años lo he visto coordinar diversos proyectos, publicar obra propia y compilar a otros autores (especialmente tamaulipecos), diría, de manera casi compulsiva.

Con el respaldo de una licenciatura en Lengua y Literatura Españolas y una Maestría en Letras Hispánicas (por UTB/TSC), Ramiro ha coordinado desde 2002 el Congreso Binacional, Letras en el Estuario. Preside el Ateneo Literario José Arrese de Matamoros y, a través de Alja Ediciones, ofrece sus servicios editoriales para materializar ese sueño tan perseguido por los amantes de la escritura: su propio libro.

Entre los premios obtenidos por su labor creativa se encuentran el Estatal de Poesía del ITCA, y el Premio Estatal de Poesía Altaír Tejeda de Tamez, ambos recibidos en 2008.

¿Acaso hacer una breve semblanza puede darnos la idea certera de quién es el hombre que se encuentra ante nosotros esta noche?

Leer a Ramiro Rodríguez me conduce, irremediablemente, hacia Octavio Paz; no lo sé de cierto, pero casi puedo jurar que éste ha sido durante años asiduo lector del Nobel mexicano.

Porque en él ciertas lecturas son transparentes, permean el texto como una lluvia.

Casi puedo ver al viejo Withman, al fondo de la página, saludándome con el sombrero en la mano al arribar a los “mares de opulencia”: cuando mordemos el fruto / fundamos las bendiciones de nuestra especie.

Veo a Ulises navegar por el vinoso Ponto, en busca de su patria, con la misma ansiedad que Ramiro busca el sentido del poema, porque en el poema está la esencia de la vida, el Logos misterioso que nos hizo eclosionar sobre la Tierra: plantas, hombres y piedras; peces, mares y lenguajes.

Encuentro también a Quevedo, camuflado en volátil imagen, su amor constante que trasciende a la muerte aquí, en este espacio, ablanda los huesos, / cardumen imaginario que se desplaza en oleaje violento / para petrificar en el sueño.

Y escucho a Quetzalcóatl, el numen fundador de la sabiduría en Mesoamérica, el hombre sacerdote que se espanta frente a la imagen de su propio rostro, del mismo modo que el poeta cuando dice: Soy el hombre-dios que se contempla / en la geografía luminosa del espejo: la idea se tatúa / detrás de mis ojos.

Hay en todos estos versos un retorno a las preguntas esenciales de la filosofía y del arte, ¿quién soy?, ¿cuál es nuestro destino?, interrogantes que no aspiran a ser respondidas sino a volar alto, desde el vientre de una madre-niña que corre por la sierra hasta el concierto vibratorio de las estrellas.

La búsqueda del conocimiento oculto bajo los signos, la pulsión entre el silencio y la creación, lo inasible que escapa al entendimiento y sin embargo entra en el organismo como un río, toda esta inquietud fluye en los versos de Transmutación, poemario que desde el título se anuncia como una serie de revelaciones, ¿de qué?, tal vez de esa divinidad negada en nuestra época. Porque Ramiro es de estos seres que aún creen en el misterio, para quienes el universo no está explicado por más que la tecnología despunte, de aquéllos que cantan:

Nosotros
–los hombres que vagamos, pájaros desorientados,
por el mundo–
bebemos los vinos exquisitos: extractos de Dios.



“La Metáfora –dice el historiador Enrique Florescano– es la expresión preferida del lenguaje religioso y poético […] La metáfora ha sido el conducto idóneo para aproximarnos a la misteriosa sustancia de que están hechos los dioses”.

Ramiro asume esta premisa, la hace un código vital que rige su escritura. Comprende que la poesía es el medio para hablar con los dioses, tal como creían los antiguos poetas del Anáhuac, tal como sabían los escribas del antiguo Egipto cuando trasladaban al papiro las enseñanzas de Hermes Trimegisto.

Pero, ¿a cuáles dioses invoca el poeta? ¿A los númenes perdidos en el caudal de eones, cuyos nombres hemos extraviado?, ¿a los que subyacen a nuestra consciencia de hombres y mujeres civilizados?   

Somos revelación de dioses desnudos,
teorema novedoso en la espesura del lenguaje matemático,
umbral luminoso de una casa llena de insectos
donde convergen –como amantes–
esencia y forma.


Escucho entre líneas ecos de Platón y de Arquímedes, de San Juan de la Cruz y de sor Juana, cuando Ramiro, igual que sus lectores, se sorprende con la metamorfosis del discurso que habita bajo la lengua.
Y al final retornamos a las preguntas que acaso nos recibieron al llegar a este recinto, ¿quién es la persona detrás del escritor?, ¿cómo es su vida?

Paz dice que la lectura de un solo poema nos revelará con mayor certeza que cualquier investigación histórica o filológica qué es la poesía, así, pienso que la lectura de un solo poema de este libro te dirá a ti, lector, quién es Ramiro Rodríguez, más que cualquier biografía.

Si deseas conocer al autor, ésta es la puerta.

29 de marzo de 2014

Un Cuerpo


"sin oírme, oyendo lo que digo
con los ojos abiertos hacia dentro"
Octavio Paz

Por la noche llegamos al umbral
oímos el concierto de nuestros dedos (1)
nuestros ojos hablan a la luz de una vela  (2)
no existe la transparencia de las aves
la perpetuidad de actos en el espejo (1)
sólo somos nosotros
ésos que a ratos se olvidan del mundo (2)
por la noche nos trituramos de verbos
renacemos como Dios nos trajo al mundo (1)
nos fundimos en silencio que derrama
la voracidad de nuestra piel (2)
entonces reconocemos la materia que somos
la fijeza de los astros en los ojos (1)
sanamos heridas con besos sin espinas
volvemos a ser un cuerpo. (2)

Autores:  (1) Ramiro Rodríguez, (2) NoraIliana Esparza M