18 de enero de 2013

Ritual De La Tierra de Ramiro Rodríguez


Por Alixia Mexa


“Yo no sé si mis ancestros viven / si caminan por el viento como pájaros vacíos / como tatuajes en la noche / si algo de ellos queda entre mis manos secas / si soy la semilla fértil de mis dioses / yo no sé.” (Fragmentos, pág. 120)

Nosotros, en realidad, no sabemos nada del mundo. Yo no sabía un tanto del interior de este poeta, me refiero a un saber palpable de su universo íntimo. De su legibilidad, de su ubicación, de su imagen tenía algo; y quise conocerlo más, entonces empecé a intentar destejer su palabra, a introducirme en su laberinto filosófico para descubrir un poco del misterio siempre presente en la poesía. Su verbo fue descendiendo a mi interior lenta, paulatinamente, en Ritual de la tierra, para reconocer estrellas incrustadas en su memoria como “Angahuan” o “Bagdad”, “Naranja”, creaciones del mencionado Ritual.

El tiempo es aliado de lo perfecto, de lo que tiene que suceder y embona todos los escaques sin forma del cosmos para revertirlo sobre la memoria que espera, y que a la postre, se convierte en espiral de la cosmogonía personal. Los textos de Ramiro aprisionan una sed inexplicable de saber, conocer, pensar. Su estructura es fuerte y suave. Su semántica arroja colores naranja, olores de uvas, de tierra, ligeramente erotizados; este deslizamiento de los sentidos hacia su yo primario, que el espejo que antepone hace que se ejecuten en una sintaxis, al parecer, lógica, de la que emana un tono suave y sereno, a la vez denso y vigoroso, y a veces pleno, inacautable, para regocijarnos en su lengua. Sí, he dicho en su lengua, no en su lenguaje, su lengua habitable por trinos de pájaros y plumajes. El símbolo vibra en sus cuerdas vocales y parece que la marea es su sangre, la que cruza su eco silencioso para realimentarlo con la voz de sus ancestros, quienes lo atrapan y lo visten para presentarlo a sus dioses; pero su duda es válida, él no lo sabe, acaso lo siente, pero realmente, ¿lo sabe? No lo sé.

Pragmáticamente, la rosa de los vientos invisible señala el oriente, un oriente predestinado a la creación y a la recolección del fruto. El sabor agradable y elocuente que deriva de esa colecta individual que todo lo transforma, esa magia incomparable de la transición de las palabras, ese dolor mutante, no creo que pueda ser transferible a través de mis palabras. Habrá que leer Ritual de la tierra, no para saberlo, para experimentarlo, para olerlo e intentar desentrañar su misterio. El poeta invita a viajar al interior de su propia tierra, a hacernos uno en una inusual introspección a su muerte, a su origen, a su sal; dispone de estos cuatro elementos para dispersar su palabra y poblarla de todas las cosas que puede contener no sólo en su gramática, rompe artísticamente su estructura, la renueva poéticamente con un sello creativo, frondoso y dúctil, difícil de describir; además, sus palabras van más allá de la colección de un poemario dividido en cuatro secciones; por eso, porque es misterio suscrito, puede volar más allá de lo material y sólo mediante su captura se puede encontrar y distinguir el néctar para beberlo, disfrutarlo e instalarlo en nuestra memoria. Ahora puedo decir, que he empezado a conocer al hombre, al ave, al poeta que habita en el ritual de su propia creencia; que he recorrido uno de sus caminos.



Rodríguez, Ramiro. Ritual de la tierra. ALJA Ediciones, 2012.

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