2 de agosto de 2026

Rumor de estrellas y hojarascas

 


Rumor de estrellas y hojarascas

Acercamientos a Tragaluz (2024) de Matilde Ortiz Domínguez

 

Por Ramiro Rodríguez

 

El poema es fusión absoluta de palabra y significado, bóveda infinita donde converge la estética del lenguaje y la emoción de la experiencia. Todo lo que toca el poeta lo convierte en poema, lo que palpa, lo que huele. Todo gravita en un pequeño universo —el poema—donde la visión individual se extiende hacia quienes se preparan para la contemplación. No son necesarios los ojos para la contemplación: basta la navegación sobre las páginas de un buen libro para que los miles de ojos en el cerebro contemplen la belleza sensorial del universo.


Dice Octavio Paz en El arco y la lira:


“El poema está hecho de palabras, seres equívocos que si son color y sonido son también significado”.[1]


El poema es oportunidad para la fusión del color y del sonido con el significado, eclosión de luz sobre la página. Algunos lectores buscamos la sublimación de los sentidos a través de la palabra, la revelación del origen, la puerta hacia los parajes generosos del universo; otros, la dirección de los espejos, el rumbo de los caminos, el conocimiento que se genera a partir de la lectura del poema.


En Tragaluz (ALJA Ediciones, 2024), Matilde Ortiz Domínguez enfoca su visión hacia los cuatro puntos cardinales para disertar sobre personas extraordinarias, subrayar en ellas la humanidad maravillosa que las reviste, así como la oportunidad para caminar sobre espacios bíblicos y comentarlos desde una perspectiva lírica e individual. El poema es también significado, es decir, oportunidad para conocer vidas y obras de individuos que se atrevieron a ir más allá de la rutina y la supervivencia: pintores y músicos que dejaron trazos y acordes para la celebración humana, científicos y pensadores en los campos floridos del ingenio, la brillantez de las cuatro estaciones, la función exacta de teoremas y fórmulas algebraicas, la incursión por los espacios siderales para encontrarnos con los espejos infinitos que duplican nuestros cuerpos de polvo.


El poema es también un cauce por donde fluye la reinterpretación de obras pictóricas y fotográficas. En ocasiones, Matilde Ortiz-Domínguez recurre al procedimiento ecfrástico para generar nuevas formas de acercarse a las imágenes visuales a través de la estética. En ángulos subjetivos, las visiones humanas son múltiples, diversas inclusive del propósito original. Sobre el mismo tema pueden definirse diversos caminos para el acercamiento.  


Dice la autora en el poema III de “Tempo”[2]:


Andrómeda resplandece

y llega a tu balcón un rumor de estrellas y hojarascas”.


El universo es infinito. Las palabras confluyen, se vinculan en una órbita continua, interactúan en un proceso de aleteo sensorial. El universo es infinito; y en esa infinitud habitan los ojos de quienes seguimos la huella blanquísima de la poeta. En ese desplazamiento pausado surge de súbito la voz de la soprano griega que nos estremece más aún que los elementos en el cosmos:


Tu garganta reprodujo la rabia del mundo

que aún eriza la piel y deja el corazón en carne viva,

esa, tu otra forma de llorar…[3]


El poema es ocasión para generar un vibrato en los sentidos. Aquí el momento para crear una historia memorable, una imagen cinemática que deje su huella en los laberintos de la memoria: el poema memorable.


En Manifiestos, Vicente Huidobro señala lo siguiente:


“La poesía es el vocablo virgen de todo prejuicio: el verbo creado y creador, la palabra recién nacida”. [4]


La poesía de Matilde no está sujeta a los prejuicios: busca, como los ríos más dinámicos, los cauces generosos que le permitan llegar hasta la vastedad del mar. El discurso poético de la autora vibra con metáforas nuevas en búsqueda constante de nuevas formas para crear, aun al hablar de gente conocida en los rincones del mundo.


En el poema III de “Universos”, la autora dice:


"Y te vuelvo a pensar, fugitivo de los relojes,

tragaluz, siempre hambriento de luz,

                                             de tiempo y luz”. [5]


La luz como un recurso para señalar la salvación del individuo postrado, la respuesta a la pregunta no generada, la claridad al fondo del túnel y en la disipación de la espesura que trae la niebla. La luz como un símbolo de fe, designio expresivo del conocimiento y del camino concreto hacia los espejos.


Ezra Pound señala en sus Ensayos Literarios:


No puede haber inteligencia sin emoción”.[6]


La emoción es detonante para generar el sólido vínculo entre poeta y lector, comunión bidireccional que permite la respiración, la plenitud anímica, la satisfacción de saberse nunca solo por los laberintos del mundo. El poeta se emociona para emocionar a quien le lee. La emoción en la poesía de Matilde es una constante presente que establece esa conexión necesaria para determinar el carácter memorable del poema.


En Tragaluz, Matilde Ortiz Domínguez explora los diversos caminos del universo poético para crear imágenes sobre personas de tiempos pasados, individuos que han dejado aportaciones significativas a la humanidad. Con frecuencia, la autora recurre a la écfrasis para diseñar una reinterpretación de obras monumentales del arte pictórico. El discurso poético de la autora tamaulipeca se concentra en un lenguaje preciso, depurado, generoso en metáforas y otros elementos literarios que la definen como una de las voces más expresivas del noreste de México.

 

 

Bibliografía:

Huidobro, Vicente. Obra poética. CONACULTA/FCE. Madrid, 2003.

Ortiz Domínguez, Matilde. Tragaluz. ALJA Ediciones. México, 2024.

Paz, Octavio. La casa de la presencia. FCE. México, 1994.

Pound, Ezra. Ensayos literarios. CONACULTA. México, 1993. 


[1] Paz, Octavio. La casa de la presencia. FCE. México, 1994, pág. 45.

[2] Ortiz Domínguez, Matilde. Tragaluz. ALJA Ediciones. México, 2024, pág. 16.

[3] Ídem, pág. 21.

[4] Huidobro, Vicente. Obra poética. CONACULTA/FCE. Madrid, 2003, pág. 1296.

[5] Ortiz Domínguez, Matilde. Tragaluz. ALJA Ediciones. México, 2024, pág. 35.

[6] Pound, Ezra. Ensayos literarios. CONACULTA. México, 1993, pág. 426